Mercadillos intervenidos

Publicado en ValenciaOberta.es

Vaya por delante que a mí, lo que cada uno se meta en el cuerpo, no me ha quitado el sueño jamás. Y no pienso empezar ahora. Todo el que desee disfrutar de su veganismo, mediante productos ecológicos o use remedios homeopáticos de probada inocuidad es muy libre de hacerlo siempre que no me meta a mí en medio. Al fin y al cabo, el derecho a hacer con nuestro cuerpo lo que nos dé la real gana es el único derecho real y natural. Todo lo demás son milongas. Poseerse a uno mismo y hacer uso de esa posesión es lo que nos convierte en humanos. Y eso implica poder expresarnos como gustemos o meternos droga dura entre pecho y espalda a tutiplén. O volarnos la tapa de los sesos.

El hecho de montar un mercadillo de productos ecológicos en Valencia, no merecería ninguna crítica por mi parte si no concurrieran en el suceso algunos factores añadidos. Qué sea en domingo, con la sarta de tonterías que dijo el Señor Ribó en su día es uno de ellos. El otro es que sea sólo de unos productos que al consistorio le parecen los suficientemente buenos como para que, hipócritamente, se salten las limitaciones que el propio ayuntamiento establece a los comerciantes o productores de cualquier otra cosa. Y no hablo de las grandes superficies. Hay vida más allá. Entre el campo y un centro comercial hay un montón de productos y servicios.

Echo en falta mercadillos o ferias de relojeros. De luthiers. De floristas. De cualquier otra profesión, todas igual de dignas y honorables. Todas nos han traído hasta aquí, a ser lo que somos. Parece, no obstante, que el pescadero honrado no merece el mismo trato que un agricultor. Ojo, agricultor ecológico. Solo aquellos tocados por la varita del buenismo que blande el munícipe tienen derecho a saltarse a la torera aquello de que los domingos son para pasear o ir a misa.

Desde el principio de los tiempos quienes se ganan la vida con el ocio han trabajado mientras otros disfrutaban de sus horas de descanso. Camareros y cocineros de este país bien lo saben. A algunos parece molestarles – les molesta – que muchas personas y personos hayan decido que quieren pasar sus horas de ocio comprando, bien por gusto, bien por necesidad. Y para mayor escarnio lo hacen comprando malvados productos de empresas multinacionales que producen en países del tercer mundo. ¿A dónde iremos a parar? No, mire, se puede comprar lo que yo digo, cuando yo digo. Yo sé lo que conviene. Yo soy el pueblo.

No me salgan con aquello de conciliar la vida laboral y esas cosas, que les preguntaré para qué están pues sindicatos y asociaciones patronales. La necesidad de regular desde el poder hace pensar que estas instituciones, que no son otra cosa que parte de la sociedad civil, no sirven para nada – y hoy por hoy así es. Anulado o comprado queda el movimiento cívico cuando no es del color que toca. Y cuando es del tono correcto, también.

En base a esté convencimiento megalómano que ostentan, pues ellos sí saben lo que nos interesa a todos los demás, se generan agravios comparativos, se otorgan licencias con dudosos criterios altamente discrecionales y se cobra por ellas. Entender la administración no como facilitador de la convivencia si no como promotor de aquellos cuyo desempeño se alinea con las tesis del partido. Y así hemos generado una organización con tres estamentos legislativos que nos cobran por trabajar. Nos cobran por intentar ganarnos la vida. Aberrante. Simplemente, aberrante. Ellos deciden qué productos y servicios son buenos y cuáles no. Los cargan de impuestos al gusto y te los sirven con dos hielos y mucha demagogia. En copa de balón, eso sí.

Y piensen que si ellos deciden qué es bueno y qué no, qué puedo comer o qué no debería probar, qué trabajo es decente o cuál es licencioso, o a qué hora me acuesto y a qué hora trabajo, acaban de birlarnos, por lo civil y por lo criminal, en nuestra puñetera cara y sin despeinarse, el único derecho natural y real que existe. El derecho a hacer lo que nos venga en gana con nuestro cuerpo. Cuando nos apetezca. Cercenan impunemente nuestra Libertad. Nos han convertido en esclavos. Sin paliativos. Con nuestro consentimiento. Con nuestro voto. Ya ves tú un mercadillo intervenido todo lo malo que encierra.

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