Los límites de la corrupción

Publicado en ValenciaOberta.es

Tuve la enorme suerte, cuando era un estudiante raso de ingeniería, de entrar en contacto con el movimiento asociativo europeísta. Durante un tiempo fui miembro activo de AEGEE lo que me permitió viajar por lugares maravillosos e interesantes y  conocer a gente aún más interesante y estupenda si cabe además, y trabajar con ella. Fue entonces cuando descubrí que cumplía con el estereotipo que tenían nuestros vecinos europeos de español: ruidoso y juerguista, o que las personas de mi edad se encontraban con problemas parecidos en todas partes, nuestros gustos eran similares y poseían mucho más en común de lo que algunos puedan pensar. En todas partes cuecen habas. Los daneses, suecos o finlandeses eran básicamente igual de borrachos que los italianos o españoles. A todos nos iban las mismas chicas. Y en todas partes gustaba – y gusta – el fútbol, oye. Haciendo una sencilla regla de tres todos serán igual de corruptos en estos momentos.

Sin embargo, escandinavos y mediterráneos se reparten las listas de transparencia geográficamente. Los de arriba bien alto y los de abajo, hundidos, bien atrás, en el coche escoba. Afirmaremos que hay cuestiones culturales, algunas de calado, que nos diferencian. Con razón. Tenemos distintas preferencias. Sea por el frío que ellos se suicidan más. Sea por el calor que trapicheamos más nosotros. Sea lo que sea, bien cierto es que existen países dónde los ciudadanos son plenamente conscientes de que los políticos deben ser controlados. Atados en corto. El poder es corrupto. Intrínsecamente. Limitémoslo. Los hay que prefieren limitarlo. Los hay que prefieren sacar al otro y ocupar su escaño. Y al trinque.

Los políticos no son más que un reflejo de las sociedades que pastorean. Países con resultados positivos en los rankings educativos resultan tener ciudadanos cuya preferencia es controlar al cargo electo. Y el cargo electo lo sabe. Y aunque solo sea por el mero hecho de mantener su poltrona y su estatus, aprieta el culo y se porta como se espera de él. En España la sensación de impunidad es grande. Y cuando esta se prolonga en el tiempo… ¡qué les voy a contar que no hayan visto esta semana en los medios!

Las recetas son sencillas. Limitar el tiempo y el acceso al dinero. Limitar el poder. No hay más. Menos dinero y menos tiempo en el ejercicio del gobierno. Limitar el poder es necesario, reducir el tamaño de la administración. Atomizarla. No hay recetas mágicas. Y somos los ciudadanos los que debemos quitarnos las vendas de los ojos y tratar al poder como lo que es: fuente de corrupción.

Cualquier danés les dirá lo que yo, que sus políticos son igual de corruptos que los nuestros, pero ellos han sabido ponerles coto. Creando cordones sanitarios entre los presupuesto y esos políticos corruptos. Si queremos copiar su modelo educativo o su mercado de trabajo flexible, podemos copiar también sus medidas de transparencia o el diseño de su administración pública. Y luego que expliquen los partidos políticos a sus pesebreros de distinta calaña que ahora cuando pacten, se acabó lo que se daba. Que para luchar contra la corrupción también vamos a ser como Dinamarca. Toneladas de carnés iban a la basura, en pedazos. 

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