Copiar en tiempos de crisis

Si prestamos atención al ruido que nos martillea constantemente el entendimiento corremos el riesgo de rendir nuestras fuerzas al apocalipsis, de dejarnos llevar y que sea lo que Dios quiera. Así nos quiere el poder. Serviles, aborregados, inerciales. El pesimismo como forma de entender el mundo está antropológicamente grabado en nuestro ADN y de ello se aprovechan en el Congreso de los Diputados o en las redacciones de informativos para atraer nuestra atención a sus espurios intereses. A mayor confusión, mayor ganancia para diputados, gobernadores y demás patulea.

De hecho, si algo ha sido una constante en los últimos meses es el gran provecho que están sacando los enemigos de la Libertad de la situación de crisis en la que nos encontramos. Desde el gobierno español – también a lo largo y ancho del planeta – se ha llevado a cabo una laminación de derechos de calado. Hoy somos un sustancialmente menos libres que hace unos meses. No importa demasiado el color o el nivel territorial de ese gobierno. Todos se aprestan a la hora de cercenar nuestra maltrecha autonomía personal.

Estamos inmersos en la madre de todas las crisis. O no.

Puesto que no hay certeza de que exista otra vida, es evidente que el momento más importante de la Historia de la humanidad para cada uno de nosotros es el aquí y el ahora, pero ese no es más que otro árbol que impide que veamos el bosque con la perspectiva adecuada y una estupenda herramienta con la que ejercer el control desde las élites extractivas y coercitivas que nos gobiernan. El paso inapelable del tiempo, esa maldita música del tic-tac a la que cantaba Javier Gurruchaga, nos revela que por muchas y muy graves pandemias, guerras y desastres que hayan asolado el mundo en el pasado, esta crisis es la nuestra y la que condiciona nuestro día a día.

Pese a todo no está de más abstraerse un poco y juzgar la realidad en un silencio sepulcral, no en vano crisis proviene etimológicamente de ruptura, de cambio, pero también de juicio y de análisis. Algo está roto y debemos juzgarlo y repararlo. Para ello no podemos prestar atención más que a nuestro propio espíritu crítico, nuestro espíritu de crisis.

Todos hacemos bagaje de lo que está suponiendo en nuestras este lamentable año 2020, hacemos porras imaginarias de lo que vendrá, de lo que durará o de cómo irán las cosas en los próximos meses, cuantos cambios más sufriremos o cuantas Libertades serán de nuevo eliminadas o por suerte restituidas. ¿Mascarillas, ocio nocturno, confinamientos selectivos o generalizados? Por mucho que nos disguste seguimos al albur de las decisiones de unos descerebrados y eso inquieta al alma más serena.

Al margen de los frentes personales de cada uno de nosotros, tenemos abiertos algunos compartidos, pues seguimos sin atajar el problema sanitario y ahondamos día a día en nuestro infierno económico particular. En su vida, querido lector, obviamente no voy a entrar, pero en aquello que nos afecta a todos es momento de apelar al denostado arte de copiar en el examen.

Vemos a políticos y pedigüeños de distintos colores pregonando las virtudes de sus soluciones, pero siguiendo con esa introspección que antes comentaba, al margen de lo que gritan los titulares y ahondando en el estudio etimológico de las palabras – hemos hablado ya largo y tendido en estas columnas de lo vacío del lenguaje político y mediático – más que la aplicación de una ideología, es decir de un tratado de ideas, de un corpus político basado en quién sabe qué, lo que impera es la aplicación de unas ideas lógicas, es decir razonables. Pocas ideas más razonables para su aplicación que aquellas que cada vez que se aplican consiguen el mismo resultado positivo. Copiemos, en definitiva.

Díganselo a sus políticos. No es necesario inventar la rueda cada vez. Si quieren pasar a la Historia como los seres de luz que pretender ser, no es siquiera necesario tener ideas propias. Como todo en esta vida, no se trata de pensar mucho, se trata de pensar bien. El mercado, en este caso el de los anales de la Historia, como todos los mercados, no premiará su ingente trabajo, sus horas de desvelo, premiará el valor que aporten, les cueste mucho o poco. Solo copiando lo que otros hicieron bien es más que suficiente para ser recordado con bondad por los siglos de los siglos.

Cuestión diferente es la satisfacción personal y momentánea que puedan requerir en cada momento. Quizá lo que precisan es el chute de adrenalina cada vez que el Congreso aprueba un Proyecto de Ley o ese placer oculto que produce clavársela doblada al enemigo. La erótica del poder es tanto una proyección exterior de nuestra aura como onanismo mondo.

Las ideologías y sus confrontaciones son el ruido con el que nos distraen. Parte fundamental del consabido pan y circo. Salgamos de eso. Es todo mucho más sencillo. Pongan a los políticos frente a una sencilla pregunta: ¿cómo quieren pasar a la Historia?

Publicado en disidentia.com

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