Aprender a leer, aprender a pensar

El sistema educativo español es un autentico despropósito. En los últimos 45 años, desde que murió el dictador, hemos contado con siete leyes educativas distintas. Cada vez que cambiaba el signo del gobierno, más o menos. Esto, sin duda, ha provocado un formidable desbarajuste organizativo que ha repercutido negativamente en el hacer del profesorado y, consecuentemente, en la asimilación de las nociones y conceptos que se supone enseñan a los niños en la escuela.

Podría pensarse que la mano firme y durísima que se aplicaba en tiempos del Generalísimo obtenía mejores resultados. Si nos fijamos únicamente en los datos y conocimientos que aprendieron quienes estudiaron en tiempos de la dictadura, quizá esto sea cierto. Los planes de estudio de los años 60 eran infinitamente más densos que los actuales, contando con profusión de fechas y hechos, con multitud de reseñas que había que conocer de memoria espoleados por el miedo a un castigo físico, que seguía estando de moda. Así lo han contado siempre, y aún lo cuentan, quienes lo vivieron.

Sin embargo, ni entonces, ni ahora en los colegios enseñan a leer a nadie. A leer con profundidad y entendimiento, me refiero. Juntar unas letras y pronunciar unos fonemas está al alcance de cualquiera, pero entender el calado de un texto, interpretando fehacientemente lo que su autor plasmó, sin pasarlo por el filtro de nuestra propia subjetividad es algo al alcance de muy pocos. Suele decirse que uno es responsable de lo que dice, – o de lo que escribe – no de lo que el resto entendamos. No descubro nada nuevo a nadie si afirmo que en realidad responsabilizamos al que abre la boca de aquello que hemos entendido, no de lo que quiso decir verdaderamente en su contexto y situación.

Si no sabemos leer, tampoco sabemos escribir, lo que significa inequívocamente que tampoco seremos capaces de expresarnos con precisión ni de escuchar con atención y entendimiento. El cerebro es un sistema muy complejo. Procesa infinidad de impactos cognitivos, por así llamarlos, los enjuicia y se adapta, reacciona y adecúa nuestro cuerpo para mantenernos con vida, siempre alerta. Por tanto, los impulsos neuronales que producen la lectura y la escucha y sus opuestos, la escritura y el habla, pasan necesariamente la criba que cada una de nuestras mentes y son modificados en base a multitud de factores externos e internos. Así, leer y escuchar, precisan de una cierta empatía, que despoje al mensaje de nuestra propia distorsión para enfocarse solo en lo que el otro quiere comunicar. Puesto que no es posible escapar de nosotros mismos, este ejercicio no es baladí y requiere de práctica y esfuerzo.

Hablar o escribir, sin embargo, y puesto que no debemos tener en cuenta más subjetividad que la nuestra, pueden resultar un ejercicio algo menos oneroso. Al fin y al cabo, se trata básicamente de conocer el vocabulario y usarlo de forma gramaticalmente adecuada, aliñándolo todo con un toque emotivo de alegría, tristeza, sorpresa o sarcasmo, entre muchos otros. Obviamente todo esto no es que sea coser y cantar ya que, si raramente alguien sabe leer o escuchar, será fundamental que usemos las palabras adecuadas y que nuestra emotividad quede perfectamente manifiesta.

Con personas que realmente entienden es más difícil colocar la mentira como certeza. Si todos fuéramos capaces de leer correctamente, nadie nos animaría con justicias sociales o nuevas normalidades. Los marcos incomparables nunca se hubieran puesto de moda. Si todos hiciéramos el ejercicio, arduo y complicado de pararnos a escuchar cualquier discurso de cualquier político, quizá el patio de butacas se quedaría vacío frente a su atril a las primeras de cambio. Pueden encontrar arengas de Hitler aplaudidas con vehemencia por unos cuantos niñatos, solo porque el speaker se había vestido de forma adecuada. Todo está en la red de redes. Esto demuestra, por desgracia, que es un problema mundial.

Es un arte hablar o escribir sin decir nada. Lo curioso es lo difícil que resulta a veces darse cuenta de lo vacío de una parrafada. Hay que leerla y releerla. Hay que tomarse la molestia y realizar un esfuerzo, esfuerzo para el que nadie nos preparó. Ni siquiera fuimos advertidos. Por eso la cursilería y el infantilismo. La belleza de las palabras sirve para ocultar lo escabroso y turbio del mensaje o su futilidad. Por eso el mensaje alarmista que pone alerta rápidamente a nuestro cerebro, que pretenderá actuar con rapidez y presteza, sin tomarse un momento para comprobar la coherencia de lo que nos comunican. Pararse a analizar la situación requiere de una sangre fría que debemos entrenar.

Si no somos capaces de conseguir la información de un modo adecuado, ¿cómo podremos ser capaces de gestionarla? Si nuestros conocimientos se basan en hechos inciertos, nuestras deducciones nos llevarán por caminos erróneos. Más aun, si no manejamos los conceptos de forma adecuada, ¿cómo vamos a ser capaces siquiera de pensar? Pensamos con palabras, por lo que si estas no se ajustan a lo que realmente nos han comunicado o pretendemos expresar el resultado será… bueno, en realidad en ello estamos, no hay más que leer la prensa, si tienen estómago.

No se trata de tener academias de la lengua e institutos de lo mismo. Son instituciones inútiles, inservibles, improductivas. Puedo seguir con la función de búsqueda de sinónimos de mi procesador de texto hasta que me harte. El vocabulario puede aprenderse o consultarse con facilidad. El lenguaje cambia a lo largo del tiempo y también en cada lugar, lo que precisa un esfuerzo por nuestra parte para ser capaces de interpretar adecuadamente un mensaje. Es este trabajo el que jamás nos enseñaron. De ello se aprovechan los burócratas y los poderosos provocando a la turba para que arda en la tea cualquiera que ose escribir o pronunciar algo que ellos puedan tergiversar. Total, nadie va a pararse a leer lo que realmente se dijo.

Publicado en disidentia.com

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