“No me has entendido”

Publicada en DesdeElExilio.com

Hablábamos un buen amigo y yo sobre algún concepto confuso, y ante su cara de asombro, espeté una manida coletilla: “No me has entendido”, dije. “O no te has explicado”, replicó. Lo recuerdo con claridad. Recuerdo con claridad que durante una larga temporada cada vez que se me escapaba un “no me has entendido” su réplica inmediata era un “o no te has explicado”. Hoy en día, por suerte, y gracias a David, corregí esa fea costumbre de poner toda la carga del error de la comunicación en el interlocutor y ante una cara de estupor mi respuesta suele ser un mucho más empático “quizá no me haya explicado con claridad”.

Algo parecido a aquello se ha instalado en la clase política mundial. Ante el fracaso, y lo que es igualmente grave, ante la victoria, electoral o demoscópica, de tal o cual partido político, los prebostes y portavoces han puesto de moda poner la carga negativa en el electorado. Si los electores no me votan es que votan mal. Si los electores me votan es que he entendido su mensaje y sus súplicas y tengo las mejores propuestas. Yo lo hago bien, el elector no importa. Al final subyace el mal endémico del político, uno de ellos, que es creer que por el hecho de conformar una mayoría de gobierno se tiene el poder de obrar milagros.

Lo vemos dentro de nuestras fronteras, con el Partido Popular ciscándose en los de Rivera por no tener grupo parlamentario en Cataluña. La corrupción y el abandono de sus votantes tradicionales parece que nada tuvieran que ver en todo esto. Aparece también en Podemos, donde una cúpula plagada de niños bien, que jamás supieron lo que es tener un papá proletario, escupe lecciones al vulgo, mientras el currela, como toda la vida, vota algo más centrado, sino más a la derecha. Ninguna revolución socialista la montaron los curritos. Fueron siempre los intelectuales moralmente superiores y sus seguidores con tiempo de sobra y el estómago lleno.

No se circunscribe esto solo a nuestras fronteras. El Partido Demócrata americano aun no ha aprendido la lección. Veremos hasta que punto le pasa factura. Pueden encontrar ejemplos en multitud de lugares.

Consciente o intuitivamente el ciudadano de a pie vive en el mundo real. En el día a día. La clase política, sin embargo, juega a algo totalmente distinto. Lamentablemente, y más en un país como el nuestro, pródigo en subvenciones y chiringuitos, son cada vez más los que prefieren entrar en el juego de la política desde una posición cómoda y rezagada. Desde la tranquilidad que da convertirse en un grupo de presión del interés que sea, para arrimar el ascua a la sardina y trincar del presupuesto. Se compra el lenguaje, se vive del Estado y encima no se está sometido al albur del votante, siempre dispuesto a votar lo que más le interese y no lo que dicta el bien general. Todo forma parte del juego.

Lo malo es que por un lado los votantes acaban por salir respondones y por otro que, al cabo, siempre hay alguno que no le debe nada a nadie o es ya lo suficientemente mayor para que todo le importe un comino, y te acaban creciendo Catherines Deneuves como champiñones y cuando te has dado cuenta te comen la tostada Trump o Arrimadas y se paga un piso en bitcoins. O lo que es peor, te gana en escaños el populismo del lustro que viene.

En mi humilde opinión el mundo real y el establishment se van separando cada vez más. Es una consecuencia de la sociedad tecnológica en que vivimos. Me gustaría pensar que llegará un momento que la clase política y adendas dejarán de mirarse el ombligo y comenzarán los discursos con “me parece que no me he explicado con la suficiente claridad” (o mis ideas no son buenas y aquí está mi dimisión) pero el sistema de incentivos de la democracia no lo favorece. Y el sistema de incentivos de la partitocracia, no solo no lo favorece, si no que lo castiga.

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