El descontrol del empleo público

Publicado en ValenciaOberta.es

En los últimos días han aparecido en prensa los números de empleados públicos, en España. Lo curioso no es que sean alrededor de 3 millones de empleados públicos, número redondo que ronda en nuestras cabezas. Lo curioso es que dependiendo de la fuente, todas ellas del propio gobierno, existen disparidades que alcanzan los 900.000 empleados de diferencia. Viendo que las calles, San José mediante, no están ardiendo ya, supongo que todos ellos andarán cobrando sus nóminas puntualmente. Los datos varían desde los 2.287.574 a los 3.358.574, con varias diferencias entre las diversas fuentes, todas ellas estatales, oficiales y bendecidas democráticamente.

No me explico como nadie es capaz de hacer el presupuesto de nada sin saber a cuantos tiene que pagar. Si tenemos en cuenta el volumen que se llevan las nóminas, siendo una de las partidas de mayor importancia, la cosa toma un cariz muy lejano del castaño oscuro, negro tizón. Nuestra administración es irresponsable de forma continuada, hipotecándonos de manera constante.

Sabido es como se utiliza el empleo por parte de nuestros representantes. El nepotismo descarado está a la orden del día. No importa si se comparten alelos o cama. El caso es que los puestos de trabajo ofertados por la administración caen con más frecuencia de la deseada en personas afines, buscando sin duda, el engrosamiento de la masa votante propia. La Agencia de Empleo Estado del Bienestar funciona rauda y veloz cuando se trata de buscar votos o de pagar favores. Todo lo contrario que el INEM y sus sucedáneos autonómicos, cuyas cifras de colocación son pírricas y no justifican en absoluto su existencia.

Hay trabajos que hay que hacer (y que podrían hacerse perfectamente desde el sector privado) y trabajos que hay que eliminar. Esta es la disyuntiva. Mientras los incentivos para mantenerse en el sillón sean los votos, los estómagos agradecidos parecen una buena forma de asegurar la poltrona. Todos los que pisamos la administración de forma habitual conocemos el percal. Y todos la acabamos sufriendo y, por supuesto, pagando. El trabajo ha de hacerse de forma eficiente. Con el mínimo de recursos obtener el máximo rendimiento. Así funciona el mundo. Así no quiere funcionar el Estado del Malgastar. Es más cómodo y fácil sacar el dinero a los contribuyentes y echar la culpa al vecino para, a renglón seguido, copiar. Y así engordar el melón. El melón que nadie quiere abrir.

Estamos con las reconversiones de los taxistas, de los estibadores o del carbón. Sectores todos ellos obsoletos y que se mantienen gracias a la coacción estatal. Hay otro mucho más numeroso y oneroso. A ver quién es el guapo que lidia ese todo. Quien reduce el tamaño del Estado, sea cual sea, pues ni ellos mismos saben cuál es. De los que tienen sillón ninguno. Ya se lo digo yo. Todos tienen primos y hermanos. Y novias. Y novios. Y novies.

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