Golpe contra la Libertad en Turquía

Publicado en HeraldPost.es

Ayer fue un día aciago. La resaca del atentado de Niza, toda vez que ISIS ha reclamado su autoría, con muchas cuestiones aun el aire, unida a un estío, que a uno le sienta especialmente mal, convirtieron el viernes en uno de esos días en los que arrastras los pies y el bochornoso calor – esa basca como se la conoce por aquí – se instala en tus neuronas. Así que más hastiado que otra cosa, me fui a cenar al bar de la esquina, donde pago las cañas que pierdo en apuestas inocentes y ceno, de cuando en cuando, el mejor solomillo de cerdo y el mejor rabo de ídem, que se puede comer uno en la capital del Turia. Mientras empezada la jarra helada de cerveza, me sorprendió en Twitter el golpe de Estado en Turquía, el país en el que más veces he estado, por voluntad propia, además de este en el que vivo. No es casual que mi blog se llame Comentarios Otomanos. En Santa Sofía habita mi alma. O así lo siento yo.

No puedo dejar de mencionar lo curioso que resulta vivir una situación como la de anoche, vía redes sociales. Yendo por delante de la información habitual, leyendo titulares del perfil de RTVE o agencias diez o quince minutos después que uno se hubiera enterado. Tratando de separar el grano de la paja o de discernir cuales son las claves, las verdades y los pufos. Anoche, otra vez se me pasó por la cabeza que la información, por fin, se les está yendo de las manos a los gobiernos de turno. Máxime en el transcurso del golpe, con Erdogan hablando vía FaceTime, mientras solo parecía estar cerrada la tele pública del país. No tienen sentido los medios de comunicación estatales. Anoche volvió a demostrarse.

Serían las tres cuando me fui a dormir, después de comentar la jugada, por Whatsapp y Telegram, con algún amiguete. Flotaba en el aire un tufo a chapuza. Una creciente sensación de que la cosa venía de dentro, de autogolpe, vaya. Cuando no se tienen los datos, mejor dejarlo en el aire. Daremos algunas claves, pero la cosa terminó en fracaso. Y con el sueño de una noche de verano a las espaldas, parece aún más chapuza.

Turquía es un país peculiar, como todos vaya, pero un poco más. Inventado, por así decirlo, por Mustafá Kemal, conocido como Atatürk, que significa Padre de los Turcos. Fue Presidente de la Primera República Turca, instauró un Estado laico tras el Imperio Otomano, transformó la escritura al alfabeto latino y murió de cirrosis. Trasladó la capital a Ankara por estar en el centro. Era militar y dejó al ejército como garante de las libertades y el laicismo, como contrapeso de poder al propio poder del gobierno. Y así ha sido siempre desde entonces, por curioso que pueda parecernos. No es casualidad que Turquía sea miembro de la OTAN. Su tradición castrense es decididamente occidentalista.

Erdogan, presidente del país, fue en su momento considerado un político pro occidental, europeísta pese a ser islamista, decían que moderado. Aún recuerdo a mis compañeros turcos de AEGEE, felicitándose porque su país parecía liderar una forma de hacer política respetuosa con la religión y a la vez con los valores occidentales de la Libertad. Todo quedó en nada. Ha terminado convertido en tirano. En geoestratega sin escrúpulos, instigador más que probable de lo que pasa en Siria. Apoyo moral como poco y real con casi total seguridad de los terroristas islámicos. Opresor de kurdos. Y tahúr que juega a tres o cuatro barajas en el tapete de la política internacional, mientras una creciente semidictadura teocrática se instaura en el país. Aun así 21 millones de votantes le avalan de unos 75 millones de turcos, por eso lo de semidictadura. No es la Venezuela de Chávez, los aliados de Turquía son otros, pero podrían ser historias paralelas.

Bajo estas premisas y una vez conocido el estallido del golpe, no fueron pocos los que pensaron, pensamos vaya, que un Golpe de Estado no es forma de derrocar un gobierno elegido democráticamente, pero ya que han metido la pata eligiendo el sistema, el ejército turco es mejor garante de la Libertad que el propio Erdogan, sin duda, así que puestos a elegir en este maniqueísmo de todos los díasm, mejor que ganen los buenos. No hay mal que por bien no venga. Y a ver si sale algo positivo del desaguisado.

La cosa duró casi nada. 200 muertos darán triste testimonio de lo que fue anoche. Hoy todo huele a chapuza aun. El avión presidencial dando vueltas. Erdogan como el capitán del Costa Concordia. El Primer Ministro acusando a facciones gulenistas, y por lo tanto más islamistas y radicales que el propio Erdogan, del golpe. Merkel que no. Irán que sí. Gente que aplaude a los tanques en Baghdad Caddesi. Gente que se sube a ellos para pararlos. Y al final resulta que eran unos pocos mandados por un Coronel. Poco peso. Las piezas no encajaban. Tal cual esa película cuyo final no está bien atado. Quizá sea por ser el primer Golpe de Estado vivido en directo por Twitter. Queda un regusto agridulce que debe ser el sabor de la cutrez. Y la consecuencia es que la Libertad pierde. Vidas segadas para nada.

Ahora toca reestructurar el poder militar en Turquía, y eso es una muy mala noticia según hemos contado. Colocar afectos al régimen de Retuit Erdogan entre sus piezas clave. Eliminar molestias incómodas. Sin duda la Libertad pierde. Sin duda el aroma a autogolpe está ahí por esto. Ustedes pueden sacar sus propias conclusiones. El régimen sigue. Fuera quien fuera el cabecilla del Golpe, lo dio contra la Libertad.

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