La socialdemocracia fragmentada

Publicado en ValenciaOberta.es

Leyendo lo que se publica en los digitales de turno y repasando lo que propios y ajenos han publicado hoy en las redes sociales, aquellos que por trabajo o masoquismo han seguido el debate de investidura, han pasado una mañana entretenida. Mientras escribo se produce la votación, y ya saben ustedes como ha ido el asunto. Fracaso de Sánchez.

No entraré pues a valorar en profundidad si Rajoy ha sacado las uñas, Iglesias es lo más parecido a Hitler en el fondo y en la forma, Rivera va de transición en transición y Sánchez no sabe qué más ofrecer, mirando hacia su izquierda, humillándose para que le den el carguito, nada menos que de presidente, y así salvar su cabeza frente a las huestes socialistas. Todo esto irá al baúl de los olvidos. Salvas al viento con pólvora de colorines, pero mojada. Ese es todo mi análisis.

Mi desazón, y espero que la de no pocos, nace del contenido de los discursos. De las medidas que se hayan podido extraer de las peroratas colmadas del “y tú más”. Esas medidas que manan, a su vez, de la idiosincrasia, que no ideología, de cada uno de los partidos que han intervenido en el teatro del berreo cainita que es nuestro hemiciclo. Las propuestas que rozan la falta de respeto a la inteligencia de cualquier oyente instruido o medianamente informado, no son más que ejercicios de vocabulario y neolengua orwelliana. Una suerte de unión de vocablos bien sonantes, cada uno entonado en el estilo de quien lo pronuncia, para agradar a la bancada propia y para regocijo de los palmeros bien alimentados por el BOE o por la promesa de influir en él. Eso sí, con penoso y peligroso resultado cuando se aplican. Nunca está de más, ya de paso, echarse algún muerto a la cara, en un ejercicio de cinismo propio de maestros en el arte de poner cara seria, engolar la voz y gritar mucho lo malo que es el otro. Y aguantarse una carcajada. Cargada de odio, por supuesto.

Todo, decía, nacido de la propia idiosincrasia de los partidos. Desde los peperos de traje y corbata, adictos a la corrupción propia y ajena, hasta los socialistas que casi no se distinguen de los anteriores, pues las coderas ya están demodé y se subieron al robo del contribuyente vía EREs entre otros, pasando por los chicos buenos de Ciudadanos, que sostienen a unos y a otros según interese políticamente, pidiendo regeneración aquí y apoyando corrupción allá o por las hordas hitleriano-comunistas del amigo Pablo, puño en alto, con pikitos en el hemiciclo que no escandalizan a nadie. No sé si algún meapilas aún se sonroja con estas cosas. No son más que hippies peligrosos, con recetas trasnochadas y contraproducentes del año de la polka. Absolutamente todos proponen distintos grados de la misma medicina: Un gran Estado, intervencionista, que dirija la vida de los españoles. Un gobierno que se meta en cada uno de los aspectos de nuestra vida. Coerción, robo, ingeniería social. En distintos grados. Sí. Pero por ahí van los tiros. Las diferencias son estéticas y de profundidad. Defensores del Bienestar del Estado, para poder vivir de él. No se escapa ni uno de los 350 diputados.

Así las cosas, viendo que tenemos varias facciones de la misma porquería, consenso socialdemócrata, cuanto no la perversión más perjudicial del mismo, el populismo de Podemos – que no es solo nuestro, por cierto, miren a EE.UU. – uno quiere dejar volar un poco la imaginación, y viendo que se puede llenar el Congreso con múltiples socialismos, fragmentados por un quítame allí esas pajas, que cuando se ponen en marcha, practican su ingeniería social de una forma metódica y perfectamente organizada para después en público debate tirarse los trastos a la cabeza como hoy, no sería posible tener lo mismo pero con amantes de la libertad. Con oradores que se echaran en cara que no se ha recortado suficientemente el gasto, que en tal o cual lugar hay demasiada intervención estatal. Que los impuestos son abusivos y habría que ver como ajustar los gastos para poder bajarlos.

La socialdemocracia, incluyendo por supuesto al PP, está fragmentada, pero poco importa porque muchos, muchísimos ciudadanos, dan por buenos los supuestos falsos sobre los que se apoya. Ahí está el intríngulis. Los liberales modernos, los libertarios del siglo XXI, no podemos, ni debemos fragmentarnos hasta que la bondad del lucro, el principio de no agresión, la propiedad privada, el libre mercado o la libertad de expresión sean pilares inamovibles en el inconsciente colectivo de la población. Mientras tanto estaremos fuera de la partida. Ya quisiera ver yo un encarnizado tête à tête entre un presidente objetivista y una diputada ancap, pero estamos aún en pañales. Debemos empezar por lo básico. Y seguir con ello. Desmarcándonos de cada intento fagocitación. Repitiendo una y otra vez. ¿Han oído hablar de la reingeniería? Pues nos toca desaprender. Y vamos a llegar tarde.

 

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