El gobierno (no es) omnipotente

Estos últimos días hemos vuelto a vivir tristes episodios de violencia y muerte contra dos mujeres inocentes. Desde aquí mis condolencias a sus familiares y amigos. Como es frecuente el presunto agresor es la antigua pareja sentimental de alguna de ellas.  Hasta aquí otro triste cuento de sobra conocido.

Y a partir de aquí el despropósito chillón del que habla sin meditar. Del que exige que rueden cabezas. Del que aprovecha para sacar tajada política. Actitud abyecta. Que produce arcadas. Voceros que claman contra el gobierno de turno porque ha muerto alguien. Y a alguien hay que culpar. (¡Pero si ya tienen culpable!)

Un cerril descerebrado comente un delito ruin y cobarde y la sociedad falla. El gobierno falla. El Estado falla. Hemos fallado todos. Los amigos del amigo y los desconocidos. Además, los hombres nos tenemos que hacer cruces. Flagelarnos. Cilicio en ristre. Penitencia sumaria. Cortárnosla. Hemos fallado como personas. Como seres humanos. Mal rayo nos parta. Merecemos muerte en plaza pública. Y mire, no. Se ha perdido la perspectiva.

Grafico MujeresLas personas, en tanto que somos seres imperfectos, creamos, vivimos en sociedades imperfectas. Esas imperfecciones serán mayores o menores en cada uno de nosotros. Y tendrán unas u otras consecuencias. Pero existen. Ahí están. Y nada ni nadie podrá evitar que sigamos naciendo imperfectos. Y cometiendo errores. De mayor o menos calibre. Errores prácticamente inocuos. Errores absolutamente execrables.

Pretender que el gobierno de turno sea capaz de legislar contra estas imperfecciones es pretender que el gobierno legisle contra la propia naturaleza humana. El Estado no es omnipotente y su órgano ejecutor, el gobierno, mucho menos. No puede ir mucho más allá del bíblico no matarás. No agredirás, vaya. Ni siquiera cabe pensar que llegaríamos al Mundo Feliz de Huxley, pues siendo personas como somos, la cagaríamos por el camino. Menos mal.

A las pruebas me remito. La ley de Violencia de Género es del 2.004. Y si bien desde los años 90 las denuncias prácticamente se han sextuplicado, (de las 19.000 en 1.998 a las 134.000 de 2010 o las 126.000 de 2.104) las muertes, por el contrario, no parecen seguir ningún patrón, si acaso quizá alguno relacionado con la crisis económica o con la población. Si acaso.

La realidad es que al tratar de legislar contra los imponderables, lo único que se ha conseguido en este caso es eliminar la igualdad jurídica ante la ley, criminalizar a los hombres por el hecho de serlo – que podrían haber sido los de Tudela, o los nacidos aries, vaya usté a saber – y no atajar el problema. Porque el gobierno, ninguno, puede. Se discrimina en razón de algo que nos viene sobrevenido. Yo no pedí ser hombre, como no pedí ser blanco, ni negro, ni español. Es otra forma de racismo.

No se puede prever lo impredecible. Tratar de proponer leyes contra ello equivale a coartar nuestra libertad de manera en muchos caso abominable. Creer que el gobierno de turno va a poder arreglarlo es otorgarle poderes divinos. Omnipotentes. Ya hemos hablado aquí de ello. Las personas somos como somos. Y las fuerza, que es necesaria para muchos aspectos de nuestra vida, puede ser un problema cuando la combinamos con ira, con prepotencia o con locura. Se transforma en violencia. El camino no es eliminar libertades. La violencia es el recurso de los que no tienen otro. Pero claro, mejor una sociedad que mire a su gobierno cada vez que se rompe una uña, que una sociedad libre y llena de recursos. No sé si me explico.

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