Elogio de la violencia

Hace ya un siglo o dos que se inundaron las redes sociales con miles de cubanos intentando tomar las calles de la isla, protestando contra el despótico régimen castrista que ahora dirige el tirano Díaz-Canel. La actualidad informativa envejece peor que la fruta madura fuera de la cámara de frío y, puesto que todos tenemos un umbral de dolor máximo, conviene ir girando la cámara de país en país para que no dé la sensación de que estamos contando siempre lo mismo. Cierto es que la debacle de los buenos en Afganistán merece focos, luz y taquígrafos, aunque solo sea para contar la inmensa nube de polvo que queda tras la huida, jalonada por los cadáveres de quienes fueron abandonados a su suerte por esos gobiernos y por esas alianzas que juraron protegerlos – a ellos y a nosotros – y que ahora no ven la hora de largarse a meterse bajo tierra, mientras dan ruedas de prensa con el gesto torcido, descolorido, entre la diarrea y la cirrosis.

El planeta de algodón de azúcar, verde y almibarado, que nos hemos montado a este lado del Volga casa mal con las campañas militares. El chorro de dinero y vidas que cuesta defender “la democracia y la Libertad” a miles de kilómetros de nuestras fronteras no tiene cabida en un mundo con los sentimientos a flor de piel, donde todo ofende, todo es censurable y los buenos no se van de putas. Hemos perdido pie.

LA PREGUNTA ES SI ESTAMOS DISPUESTOS A DEFENDER NUESTRO MODO DE VIDA EN TODO MOMENTO Y LUGAR. IRAK, AFGANISTÁN O VIETNAM PONEN DE MANIFIESTO QUE ES MUY COMPLICADO Y DIFÍCILMENTE SOSTENIBLE EN LO QUE A OPINIÓN PÚBLICA O ECONOMÍA SE REFIERE, INTENTAR EXPORTAR NUESTRO MODUS VIVENDI

El pequeño camino de hormigón impreso, de apenas 40 metros, que me lleva desde el coche a mi puesto de trabajo es generalmente un brutal campo de batalla donde caracoles, hormigas y otros insectos viven y mueren violentamente, muchas veces por una razón tan estúpida como que el pie de los viandantes es demasiado grande para andar sin pisarlos, porque su número es enorme y copan todo el trecho. La naturaleza es, desde su génesis, intrínsecamente violenta. El alimento de unos es la muerte atroz de los otros en un eterno ciclo sin fin.

Los seres humanos no escapamos a estos extremos, es evidente, pero hemos desarrollado estrategias de supervivencia distintas a las de las hormigas. Desconozco si se apenarán por la muerte de sus compañeras de hormiguero, lo dudo. Aun así, la vida sigue, sean pisadas cuantas sean pisadas cada día. Por el contrario, en nuestra especie, encontramos en la colaboración un elemento imprescindible y del todo deseable para sobrevivir en este valle de lágrimas. Evitando la fuerza y el horror y mediante la reciprocidad en las acciones pacíficas, conseguimos sobreponernos a las bolas curvas que de tanto en tanto nos lanza el diablo, con mayor facilidad que si lo hacemos en solitario. Hoy por ti y mañana por mi, solemos decir.

Tanto es así, que hemos creído crear un mundo ajeno a toda crueldad, encerrados en nuestra burbuja de cristal de derechos y libertades. Más aún, lo hemos dado completamente por sentado, por autoevidente, invirtiendo de forma asombrosa aquella Pirámide de Maslow. Lo básico está cubierto tan fácilmente que solo hemos de preocuparnos, durante mucho tiempo y muy intensamente, eso sí, de las necesidades de autorrealización de la cúspide. Pero lo cierto es que fuera de la burbuja sigue haciendo el mismo frío desde aquello de los dinosaurios y el Big Bang.

El mundo real está lleno de personas que no han aprendido a colaborar. Seres violentos que prefieren el sometimiento y el abuso a las sinergias y el buen rollo. Para que el sistema occidental nos sirva de algo, el número de violentos debe ser mínimo, de forma que podamos expulsarlos del juego, metiéndolos en la cárcel, por ejemplo. Todos deben estar instruidos de alguna manera en las bondades de la colaboración, del intercambio beneficioso en las dos direcciones, para que aquellos que no compartan estas formas sociales sean relegados al ostracismo. Para ello, utilizaremos la violencia, privándoles de libertad o de sus bienes. Quien reniega del comportamiento pacífico recibe una respuesta violenta.

Afganistán o Cuba, Venezuela o Corea del Norte son algunas de esas tierras en las que se hiela la Libertad, lejos de los derechos civiles. Son el camino de hormigón impreso donde cada día el pie del tirano poderoso aplasta vidas e ilusiones simplemente porque pasaba por allí. Aquí los periódicos tratan de medir sus regímenes totalitarios bajo los parámetros inclusivos, ecológicos y tremendamente cool con los que medimos nuestras sociedades medianamente libres. Saltan las costuras. No puedes enfrentarte a un león hambriento con dos canciones y una performance. Hay que sacar las flores de las pistolas y cargarlas a conciencia de pólvora y plomo si eso es exactamente lo que tenemos enfrente.

Ahora bien, a los criminales, que son relativamente pocos en nuestras sociedades occidentales, podemos enchiquerarlos con relativa facilidad. No entraré ahora a juzgar como funcionan el tema judicial y carcelario, aquí y ahora, no tengo estómago, pero en la práctica son pocos los crímenes que ocurren en Europa o Norteamérica comparándolos con otros lugares. La civilización es esto. Más colaboración es más progreso, más vida. Sin embargo, en muchos otros lugares nos encontramos con sociedades basadas en la crueldad y la fuerza y no son precisamente pocos los que defienden esa su forma de vida contraria a nuestros principios. Llegados al punto de sumisión que talibanes o comunistas aplican a sus ciudadanos, no cabe más respuesta que la recíproca: someterlos hasta su desaparición.

Si perdemos de vista el camino que nos ha llevado donde estamos corremos el riesgo de no saber donde nos encontramos. La defensa de la Libertad exige el uso de la violencia contra todo aquel que violenta primero y no atiende a razones, y así lo aplicamos a pequeña escala en nuestros pueblos y ciudades. La pregunta es si estamos dispuestos a defender nuestro modo de vida en todo momento y lugar. Irak, Afganistán o Vietnam ponen de manifiesto que es muy complicado y difícilmente sostenible en lo que a opinión pública o economía se refiere, intentar exportar nuestro modus vivendi. ¿Podríamos probar soluciones quirúrgicas cuando los cubanos o los venezolanos se echan a la calle? Lo que desde luego no admite dudas es que la violencia es parte del juego y hay que saber cuando echar mano de ella. Hasta en las películas de Disney al malo le gastan alguna putada.

Foto: Sammy Williams.

Publicado en disidentia.com

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