Y después, ¿qué?

Por mucho que algunos se empeñen, la cara no es el espejo del alma. Son las propias acciones las que definen de qué pasta estamos hechos. Al fin y al cabo, y aquí también se suele afirmar una cosa cuando en realidad es la contraria, nadie carece de sentido común, sino que los observadores externos desconocemos todos los elementos de contorno, condicionantes y variables, que impulsan a un ser humano a tomar una decisión que nos parece absurda desde la lejanía de nuestra subjetividad. Caso de conocerlas, probablemente tomaríamos una decisión similar que solo podría verse diferenciada al entrar en liza los componentes de esa pasta de la que hablaba en las primeras líneas del párrafo. Así, empezando por el final, por lo hechos, añadiendo cuantas condiciones de contorno y variables entren en juego podremos determinar la envidia, la generosidad, el aplomo, la valentía, la honradez, la altura o la bajeza, con la que se rigen aquellos que analizamos. Definiría el sentido común como el hilo conductor que une a la persona con el entorno y sus acciones y, créanme que no difiere mucho de unos a otros seres humanos.

Esta es la única forma que tenemos los ciudadanos para controlar a nuestros servidores públicos. No podemos caer en el error de juzgarlos por sus intenciones si no por las consecuencias de sus actos, como Milton Friedman bien supo manifestar, para llegar a conclusiones medianamente fiables sobre la política, la nuestra en particular o cualquiera en general. Si estiramos del hilo, conductor, a iguales actos, en similares circunstancias, la masa madre será también pareja. Si unos olvidan todo cuanto dijeron sobre poner firmes a las empresas energéticas de este país mientras otros acaban por subir más de cincuenta impuestos cuando habían prometido bajarlos, confirmando que lo que se dice cuando uno está en la oposición dista mucho de lo que se hace cuando uno pisa moqueta, por lo que lo que se diga estando en la oposición debe tomarse siempre con reservas. Lo que yo diga también.

Analizando cuantas opciones quieran, llegaran a la conclusión, si no han llegado ya, de que el embuste consiste en gritar y dramatizar cuando no mandas y en escurrir el bulto y echar balones fuera cuando te sientas en los sillones azules del Congreso de los Diputados. Intuitivamente todos acabamos por llegar al mismo punto, pero creo que es importante remarcar que no se trata de colores, puesto que todos, en mayor o menor medida, acaban por defraudar al votante sensato. Tropezamos constantemente con algunas de estas piedras porque, de alguna manera, entre las variables que manejamos se incluye, conscientemente o no, la de haber cedido algunas de nuestras cuestiones vitales a terceros, cosa jamás debió ocurrir. Papa Estado sabe muy bien cómo mantenernos cautivos.

Por desgracia, los problemas que azotan a occidente, que son si cabe más sangrantes en la siempre puñetera España, no se resuelven con cambios de caras y cumplimiento parcial de promesas electorales. Aquí hemos retrocedido a paupérrimos estándares, propios del franquismo o del comunismo, en cuanto a protección de derechos y libertades. Estamos inmersos en continuos Estados de Alarma, a todas luces inconstitucionales, nos recluyen en nuestras casas como si fuéramos delincuentes, con una alegría malsana y una facilidad propia del que se cree impune, porque quizá lo sea. Se ha desandado un trecho enorme, si no todo, de lo que venimos progresando desde la Segunda Guerra Mundial.

Se hacen imprescindibles reformas muy profundas en nuestras democracias occidentales que no pueden esconderse tras ningún maquillaje. El modelo está agotado y toca desmontar burocracias y pesebres. Es un trabajo arduo, complicado y con muy mala prensa. En algún momento acabará la pesadilla pandémica y me temo que no mucho tiempo después dejaremos de ser una sociedad infantilizada para convertirnos en adultos, por la vía de los hechos y contra nuestra voluntad general. Los cambios bruscos son siempre más difíciles de asimilar, aunque no quedará mucho margen para exquisiteces en unos pocos meses.

Asistimos pasmados a la absoluta ineficacia y falta de coordinación en nuestras administraciones y estamos más que resignados a que un día sí y otro también una bota gubernamental apriete el cuello de nuestros derechos para ahogar nuestra Libertad. No pasa nada. Todo se da por bueno. Me pregunto si alguno de los que están en los primeros puestos para tomar el poder en algún lugar del planeta, de España o de cualquiera de sus administraciones, se plantea y nos plantea un cambio de paradigma. ¿Vamos a volver a enfrentarnos a una crisis económica, que devendrá en social y política, con las mismas herramientas oxidadas que usamos en el 2010? Me pregunto y me respondo: nadie. A los que planteamos esto nos llaman disidentes, proscritos o simplemente locos.

Mientras ellos siguen su juego, podemos actuar sobre nosotros mismos y, con ello y por ello, actuar sobre el sistema. Es necesario cambiar el entorno para que las decisiones puedan salir de la rueda en la que están instaladas. De otro modo estaremos haciendo el idiota perfectamente, actuando igual y esperando resultados distintos. Cierto es que no podemos actuar sobre todas las variables, que muchas se nos escapan, pero son otras las que quedan a nuestro alcance y en ellas debemos centrarnos. Conforme pase el tiempo las soluciones serán más traumáticas, pero lo cierto es que hay que amputar. Hay que cercenar el poder de la clase política hasta que desaparezca, desintegrar la burocracia hasta convertirla en su mínima expresión, convertir una sociedad adolescente y caprichosa en adulta y responsable, y eliminar todo el entramado parásito generado alrededor del poder. Hay que hacerlo ya y es su responsabilidad y la mía. Son nuestras vidas y las de nuestros hijos.

Foto: Luke Jones.

Publicado en disidentia.com

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