¿Plata o plomo?

¿Plata o plomo? Seguro que conocen la expresión que titula este artículo, aunque, como yo, no sean aficionados a las series de televisión. El narcotraficante Pablo Escobar planteaba el dilema de forma tan cruel como magistral. Si quieres seguir con vida, tendrás dinero de sobra mientras rindas pleitesía y obediencia, la alternativa es la muerte. Crudo y sencillo, en su mundo solo se puede subsistir siendo un delincuente. La partitocracia española parece haber sido diseñada por el narco colombiano.

Mientras acates el sistema corrupto podrás nutrirte de él, vivir en la opulencia y saquear a tu antojo, sin embargo, a lo que pretendemos mantenernos al margen de la inmundicia solo parece quedarnos la irrelevancia política y mediática. Todos los grandes partidos cargan con sospechas de financiación irregular a sus espaldas, algunas confirmadas, otras estudiadas por el Tribunal de Cuentas. Tal es la necesidad de efectivo que tienen los partidos para mantenerse que pese a ser regados constantemente con millones de nuestros impuestos, siguen tramando ardides fraudulentos –siempre presuntamente, dirán ellos– para conseguir más dinero. La Ley Orgánica de Financiación de Partidos Políticos parece hacer imposible que el flujo de ingresos que se precisa para mantener las mastodónticas estructuras de los partidos españoles pueda producirse acorde a la misma. Diríase que los partidos mayoritarios son unos yonkis del dinero, como aquel paisano mío.

Es evidente que todo esto está fuera de la agenda política. Para qué hablar otra vez de los medios de comunicación. Más allá del eslogan hipócrita del populismo, que se sirve de cualquier argumento que se pueda gritar para alcanzar sus propósitos, los partidos ya establecidos rara vez utilizan el argumentario de la corrupción para atacar a sus rivales, porque tienen tanto que esconder como ellos. Unos y otros acaban, sin remedio, estacados en el fango, así que mejor apoyarse que empujarse. Hay un respeto implícito y, salvo causa mayúscula, nadie se ceba en demasía con los pecadillos financieros.

Se constata a diario que no es que exista corrupción en el sistema, es que el sistema es intrínsecamente corrupto. A todos los que llegan al podio interesa que así sea, porque así se puede plantear subrepticiamente la disyuntiva, plata o plomo.

Romper esta dinámica no es tarea fácil. Los tentáculos del Estado invaden en este caso, como en cualquier otro, todo lugar que quede disponible, bien para cerrar la boca del disidente con dinero robado a los contribuyentes, bien para defenestrarlo si no se pliega al juego. Sin embargo, nada es eterno. Ningún imperio, por muy terrorífico que sea, dura para siempre. Además, hay que contar con la proverbial ineficiencia de la burocracia. Existen recovecos por los que infiltrarse, es una cuestión de paciencia, imaginación y zapa.

Otros dos factores a tener en cuenta para albergar cierta esperanza son por un lado la situación crítica en la que se pueden llegar a encontrar las arcas públicas y, por lo tanto, las cuentas de los partidos políticos y por el otro la cada vez mayor distancia entre el discurso político y las necesidades reales de los ciudadanos. No hay que olvidar que los partidos con representación parlamentaria ocupan gran parte de su tiempo, a fecha de hoy, en ejercer como agencias de colocación y empleo, lo que se convierte en una bomba de relojería cuando los ingresos decaen. Tampoco es desdeñable el mar de fondo que pueden llegar a crear los movimientos ciudadanos que, en España, ahora mismo, están completamente entumecidos, pero que pueden rebelarse en cualquier momento en las circunstancias en las que no encontramos. Es evidente que esa rebelión no tiene por qué ser pacífica, aunque mientras el monopolio de la fuerza esté en manos de los de siempre, difícilmente se puede llegar a ningún lado violentamente, así que tampoco es descartable que el despertar, caso de producirse, sea, al menos en parte, en la dirección adecuada.

En cualquier caso, para alguien como el que suscribe, que defiende los colores de un equipo que está aun lejos del podio marrón, el panorama no es en absoluto halagüeño. Mantenerse dentro de la ley y evitar la funesta pregunta, ralentizan el proceso de crecimiento y nos ponen en franca desventaja económica con el resto de competidores. Aun así, es evidente que si lo que se pretende es cambiar algo, es necesario actuar de forma coherente y no caer en las trampas que el sistema nos plantea.

Publicada en disidentia.com

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