La peligrosa reciprocidad del populismo

Las relaciones humanas se basan en la reciprocidad. Aprendemos a comportarnos entre nuestros semejantes imitando a nuestros padres o familiares y, generalmente, respondemos sonriendo a una sonrisa o nos gusta que nos devuelvan el saludo. El karma o el Principio de No Agresión son muestras de ello. Acabas por recibir lo que das, así que mejor comportarse de forma civilizada.

Sin embargo, las relaciones humanas, como las de todos los animales en el planeta, se estructuran jerárquicamente, en eso no somos distintos los españoles. Imitamos, o pretendemos imitar, los comportamientos de quien tiene autoridad. Primero son nuestros padres, pero con el paso del tiempo, aparecen en nuestras vidas multitud de modelos de conducta que intentamos seguir y copiar. Deportistas de élite, artistas, políticos, inversores o empresarios de éxito, se han ganado por distintos motivos una relevancia y, por lo tanto, una autoridad que los coloca arriba en la jerarquía social así que algo en nuestro instinto nos empuja a copiar sus gestos, sus actitudes y hasta su forma de vestir, en ocasiones.

Cada sistema organizativo tiene sus reglas y así podemos comprobar cómo en el plano de la política la autoridad puede ser alcanzada obviando la correspondencia entre los actos humanos. El acceso al poder en el Estado no consiste en dar bondad para recibir su equivalente. En contraposición al comercio donde intercambiamos productos o servicios que consideramos interesantes y satisfactorios para los implicados, el control de la sociedad a través del gobierno proviene de la fuerza. A través de ella y de la proyección, por medio de la propaganda, de las pretendidas virtudes de unos supuestos líderes se crean modelos a seguir e imitar que logran cautivar en muchas ocasiones las almas de multitud de incautos seguidores que ven en ellos una forma de alcanzar de forma sencilla un puesto más alto en la jerarquía de nuestras sociedades.

Quienes ansían alcanzar la cúspide gubernamental han encontrado un campo abonado para hacer germinar sus seguidores. Mensajes contundentes, simples, hasta el punto de carecer totalmente de contenido, y la promesa de alcanzar el nirvana para todos los que se suban al carro forman un coctel difícil de rechazar para muchos de los miembros de una sociedad en expansión, infantilizada y simplona, que busca referentes a los que imitar. Así nace el populismo apoyándose en tres pilares básicos: violencia, visceralidad y fe. Todo ello se proyecta contra quienes se niegan a formar parte del aquelarre y por lo tanto impiden que se alcance el “Mundo Feliz” que todos los acólitos anhelan y que les ha sido prometido. Ya solo queda dejar que las masas acríticas, muy proclives a imitar y muy poco a pensar, mantengan la estructura de poder que a los de arriba interesa.

Sin embargo, como si de una manada de fieras se tratara, existen otros individuos o grupos de ellos que no se conforman con la posición que les ha tocado en el reparto y pretenden desbancar al jerarca. Visto como les ha funcionado el invento al PSOE o a Podemos, aparecen prestos a su derecha otros para tratar de copiarlo y, si de lo que se trata es de eliminar de su posición a quien domina la organización estatal en un momento determinado, que mejor que convertirlo en la fuente y origen de todos los males que nos impiden conseguir el paraíso eterno en La Tierra. Juego político de párvulos.

Básicamente se trata de una lucha por el poder a través de la violencia que, en las sociedades civilizadas occidentales tendemos a creer que solo será verbal, pero que en ningún caso se queda solo en las palabras. La coacción y la arbitrariedad son componentes necesarios para mantener el statu quo, no solo contra quienes se oponen a un determinado proyecto populista desde fuera, sino para los disidentes afectos al régimen. Las purgas son cada vez más frecuentes en los partidos españoles. Si añadimos a esto la tendencia a la reciprocidad en las relaciones humanas que mencionábamos al principio llegaremos a la conclusión que los populismos estatistas, sin importar si es rojo, azul, morado o verde o si es nacionalista centrípeto o centrífugo, son bombas de relojería a punto de estallar. A cada uno de ellos le surgirán enemigos enfrente y dentro, dispuestos a copiar la violencia con la que se erigió en líder el primero de ellos y, si la violencia fue un buen camino para éste, lo será sin duda para los que quieran moverle el sillón. Nótese que escribo violencia, sin adjetivos.  

Mientras tanto, los proyectos de vida de los millones de personas que por nuestra independencia o nuestra disconformidad no queramos entrar en el juego, se verán amenazados. A veces, en los primeros escalones del populismo, podremos evitar la confrontación, presentar ideas disruptivas y desmontar con palabras y argumentos el castillo de naipes en el que nos obligan a vivir, pero en un escenario de violencia generalizada, quizá no quede otra respuesta que la violencia para poder defendernos. Cuando nos enfrentamos a quienes solo ponen sobre la mesa vísceras y fe ciega dándoles de su propia medicina, justificamos sin lugar a dudas que nos respondan de la misma manera y la lucha – de clases, de razas, de sexos, etcétera – estará servida. Solo cabe el conflicto violento. La búsqueda de vías alternativas e individuales, a través de intercambios pacíficos y voluntarios, no solo ha de practicarse si no que ha de enseñarse y mostrarse como la alternativa a imitar, por su éxito real e imperecedero. De otra forma solo tendremos fieras disputándose el territorio, sin importar a quien se llevan por delante.

Publicado en la revista AVANCE de la Fundación Para el Avance de la Libertad, en Julio de 2020

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