Estado y medio: juez y parte

Seguramente lo recordarán, y si no lo recuerdan es fácil encontrar reseñas por la red: hace mes y medio, aproximadamente, aparecieron muertos un montón de peces en el Mar Menor como consecuencia de las torrenciales lluvias ocurridas en el sur de Valencia, Alicante y Murcia, después del verano. El volumen de arrastre de suciedad y escombros colmató de tal manera la laguna murciana que se produjo una bajada mortal de los niveles de oxígeno llevando a multitud de peces a ahogarse produciendo un espectáculo digno del poema de Dante Alighieri.

Por un lado, el Catedrático de Ecología de la Universidad de Murcia, Ángel Pérez Ruzafa, estimaba la bajada del nivel de oxígeno en el Mar Menor como causa suficiente para el desastre natural. Enfrente, grupos ecologistas de toda índole culpaban, además, al crecimiento de la actividad urbanística en la Manga, esa la franja de tierra que separa la laguna del Mar Mediterráneo, sin olvidar el persistente aumento de la actividad agrícola de regadío, que viene mermando las características originales de la laguna y llevando de cabeza a los conservacionistas.

Negar que la actividad humana tiene repercusiones sobre el medio ambiente es ser, como poco, un necio. Determinar inmediatamente que estás consecuencias son inasumibles y que acabarán más pronto que tarde en un aquelarre apocalíptico en el que arderemos todos entre terribles sufrimientos, además de necio y absurdo, saca a relucir un misticismo cutre-fashion, un prurito religioso 4.0 que nos devuelve a los años oscuros de la Edad Media, donde el cilicio es una red social, compramos bulas en forma de coche eléctrico y en lugar de quemar brujas, nos cortamos los genitales. Pueblos del mundo, ¡extinguíos! Dejad que continúe la evolución, decía la canción.

El planeta Tierra, como los seres que lo pueblan, como nosotros, se adapta. A un crecimiento del CO2 responde con un aumento de la masa forestal, según nos ilustra la NASA desde hace años con sus fotos vía satélite y sus informes. Cada año se extinguen y se descubren diferentes especies animales y vegetales. Cabe preguntarse si La Tierra se adapta a la velocidad adecuada o si se degrada a mayor velocidad de la que se recupera y, tras un análisis desapasionado, tan neutral y científico como nuestra natural subjetividad nos permita, podremos proponer medidas a tomar para paliar las consecuencias negativas de nuestra interacción con el planeta. Si no queremos talar árboles para obtener papel, parece lógico reciclar el usado o almacenar la información de forma electrónica para luego desarrollar nuevos procesos de reciclaje y que los equipos electrónicos puedan servir como base para nuevas piezas de nuevos equipos más modernos.

Sin embargo, se impone en los últimos tiempos, tanto a nivel mediático como gubernamental, la tesis apocalíptica. El ser humano del siglo XXI es un pecador que ha traído de nuevo Sodoma y Gomorra al Planeta y debe por tanto arder. Así, muchos piden al Dios-Estado que ejecute la sentencia, ya redactada, sin juicio ni garantía procesal. Pero Dios-Estado es humano. O un conjunto de ellos. Este es sin duda su mayor defecto y el resquicio por el que los que no creemos en él podemos acabar por comerle la tostada. Como en el sueño del Rey Nabucodonosor, por muy sólido y consistente que parezca el ídolo, tiene los pies de barro.

Por un lado, la hemeroteca e Internet nos demuestran de forma recurrente que las Diez Plagas del siglo XXI no son tal o, al menos, nada tienen que ver con lo que los profetas del fin del mundo nos cuentan. Las lluvias torrenciales que se produjeron en la costa mediterránea a finales del verano pasado son solo una nueva muestra de las que históricamente azotan la zona. Documentadas están muchas otras de mayor precipitación, como la llamada Riada de Santa Teresa de 1879, donde se registraron 600 litros por metro cuadrado en 1 hora en la misma cuenca del Segura o los 800 litros que cayeron en Gandia junto con 720 litros registrados en Oliva, en el año 1989. En 1957 la riada que anegó Valencia se produjo al caer en una amplia zona de la cuenca del Turia precipitaciones de al menos 300 litros por metro cuadrado y se llevó por delante 81 vidas humanas. No puede ligarse por tanto un desastre natural recurrente a actuaciones humanas que no se vienen dando desde al menos un tiempo anterior al de las catástrofes, de forma que se pueda establecer una relación de causalidad. Esto lo hacemos notar muchos en cada ocasión que corresponde.

Más aun, los más viejos del lugar recuerdan seguro como la Cuarta Glaciación de la década de los 70 se convirtió primero en el Calentamiento Global y, posteriormente, en la Emergencia Climática que nos asola. Por desgracia, no vivimos aun tantos años como para experimentar en nuestras carnes ciclos climáticos suficientemente largos, que nos den la perspectiva adecuada y elementos de juicio que no dependan más que de nuestros propios ojos. No queda otra que fiarlo todo a la educación, – estatal – a nuestros mayores y a lo que podemos pescar leyendo por aquí y por allá.

Esto me lleva al otro talón de Aquiles, que ilustraba con el ejemplo inicial y que quizá sea el más importante de ambos. Si bien hacer política de un hecho que no podemos controlar, como una inundación o un rayo que provoca un incendio, tiene poco recorrido y puede resultar incluso contraproducente, las políticas activas de control e intervención del gobierno para prevenir catástrofes o desastres medioambientales suelen ser generalmente grotescas y acaban por demostrar la futilidad del Dios-Estado y sus profetas.

En el caso de la Manga del Mar Menor resulta curioso y paradigmático. No llegaremos a la Desamortización de Mendizábal, donde el pedazo de tierra pasó a manos privadas. Fue Fraga como ministro de Franco el que permitió en primera instancia que aquello fuera convirtiéndose en lo que es hoy. Ni los gobiernos del PSOE, ni los del PP o la UCD paralizaron lo más mínimo el crecimiento urbanístico. Los ayuntamientos, los gobiernos autonómicos y el central, todos en mayor o menor medida, son juez y parte de la gestión urbanística y sus repercusiones medioambientales.

El ciudadano-feligrés pide insistentemente a su Dios-Estado que acometa infraestructuras faraónicas y costosísimas para impedir que la gota fría de turno haga zozobrar sus tranquilas vidas, sin importarle que el Dios-Estado solo pueda pagar desde el bolsillo del propio feligrés. Es por tanto imprescindible incrementar los cauces de engorde de las arcas públicas, bien mediante impuestos bien mediante tasas y licencias. La balanza se inclina demasiadas veces del lado del dinero en lugar de hacerlo del lado de la vigilancia y el control. Con el tiempo y la experiencia no son pocos los feligreses que reniegan de su fe, regresando al sano lado del ateísmo estatista, al comprobar como sistemáticamente las funciones que debía cumplir el Dios-Estado se diluyen en palabrería, con fatales consecuencias en más de una ocasión.

No cumple el Estado con sus funciones de prevención y protección y, una vez que hemos visto cambiar el color del gobierno suficientes veces, no queda otra que concluir que no las cumple porque es imposible que lo haga. Es decir, no queda más remedio que relevarlo de esas funciones y buscar vías alternativas para hacerlo. Si muchos no abandonan esta fe es porque al igual que ocurre cuando se pierde la fe en Dios, cuando se pierde la fe en el Dios-Estado nos invade una molesta inquietud. Aquellas cosas que parecían seguras no lo son en absoluto.

No todo está perdido. Una vez asumido que no se puede controlar el mundo, si no adaptarse a él, apuntemos que allí donde el capitalismo y la acción privada sobre el medio ambiente son más libres es donde más y mejor se respeta éste. El margen de incertidumbre siempre existirá, pero la adaptación que nos ha traído hasta aquí no va a desaparecer, al revés. La acción libre de personas concienciadas y creativas ayuda mucho más a la conservación de la naturaleza que la mayoría de planes gubernamentales.

Publicado en disidentia.com

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