El Estado del Bienestar es el problema

Imaginemos un club de campo, en el que sus miembros pueden disfrutar de unas magníficas instalaciones que incluyen piscina al aire libre para el verano y climatizada en invierno, campo de golf, gimnasio, spa, eventos deportivos y servicio de restaurante, entre otras exclusivas ofertas de ocio. Uno de esos que salen en las películas, con gente muy rica y mucho pijerío. La entrada cuesta un potosí y no digamos la membresía. Cuesta creer que los miembros del club acepten nuevos miembros sin pasar ningún filtro. Los accesos están controlados, hay vallas y cancelas, equipo de seguridad, a veces perros. Se hacen una idea.

Esto es lo que prometen los promotores y mantenedores del Estado del Bienestar. Un club exclusivo con servicios exclusivos y, desde luego que sí, a un precio desorbitado, para mantener la exclusividad. Sin embargo, a la hora de la verdad, dejan entrar a cualquiera, otorgándoles el mismo estatus de miembro, o incluso en ocasiones mejores servicios, a los nuevos recién llegados al club que no han pagado la membresía. Evidentemente, muchos miembros del club del Estado del Bienestar, que llevan años empeñando la mitad de su sueldo en la cuota protestan y se enfadan. Son los empleados de la institución los que, pese a vivir del sueldo que pagan los miembros, se pasan por el arco del triunfo sus reclamaciones y deciden prestar los servicios a quien a ellos les interesa.

Si en un club privado, exclusivo o de andar por casa, pasara lo que pasa en un país, en un Estado del Bienestar, sus empleados se irían a la calle rápidamente, pero el Estado del Bienestar no es un club privado, es una falacia per se.

Muchos españoles (y europeos) que se han tragado la mentira, reclaman que el club es suyo y que no puede entrar nadie a quien ellos no aprueben. Los empleados del club, que obtienen el apoyo, incluso violento, de esos a los que subsidian con el dinero de los socios con pedigrí, prefieren seguir subsidiando. La realidad es que el Estado del Bienestar no es ningún club. No tiene socios. No se basa en la propiedad privada.

¿Qué nos queda? Repetir una y mil veces la gran mentira que supone eso de que la voluntad de unos gobernantes que se presuponen ungidos por las urnas es capaz de traer la felicidad a sus ciudadanos. Repetir que es falso y argumentar que lo es. Nos queda defender lo que la Libertad ha conseguido de forma mucho más eficaz que los políticos, que cualquiera puede y debe ser bienvenido a sumar mientras respete a los demás, mientras sea libre y permita que los demás lo sean y que es en realidad es club quimérico e ilusorio el que crea los problemas que venía a resolver. Sin sanidad y educación falsamente gratuitas, sin trabas al emprendimiento, ni licencias, ni cuota de autónomos, ni impuestos abusivos, cualquier recién llegado puede empezar a ganarse la vida en las mismas condiciones que los que estamos aquí de siempre.

Todo en el Estado del Bienestar es mentira. Todos y cada uno de nosotros nos ganamos el bienestar a pesar del Estado. Y con la inmigración, como en cualquier otro asunto, el problema nace de su existencia y sus pretendidas soluciones. No de las personas que huyen del hambre.

Publicado en DesdeElExilio.com

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