Disonancia electoral cognitiva

Publicada en DesdeElExilio.com

Las campañas electorales son tediosas. Tanto más, cuanto más entrado en años está uno. Al menos así me lo parece. Las promesas y debates se me figuran cada vez más lejanos y extraños a mi realidad cotidiana. Me resulta cada vez más inverosímil la puesta en escena. Todo es de un pésimo cartón piedra.

No obstante, y pese a quien pese, muchos aspectos de nuestra vida cotidiana se supeditan, en mayor o menor medida, a las decisiones de aquellos que alcanzan el poder político. Por lo tanto, no resulta descabellado que sean muchos los que siguen con pasión real y sincera los avatares y vicisitudes que rodean el circo político. En esta ocasión, además, la infección político-bacteriana de la vida de los catalanes de a pie, justifica sin ninguna duda el interés que muchos ciudadanos, no solo de Cataluña, si no de toda España, tienen en los comicios.

Sin embargo, y en buena lógica, la infantilización de la sociedad española, que se intrinca en todos los estratos del país desde ya hace unos años, ha producido, produce y producirá, sin duda esta vez también, esa suerte disonancia cognitiva electoral, por la que, excepto aquellos que protagonizan el lance y por lo tanto acaban trincando del presupuesto, no queda un solo elector sin ese regusto amargo que le queda a quien, de nuevo, y van cuarenta años, ha sido defraudado por su elección. Las expectativas de los electores rara vez son colmadas, no digo al 100%, ni siquiera al 50%. Y ahí seguimos, tropezando con la misma piedra, elección tras elección. Allá por la Transición se nos pudo acusar de electores bisoños. Hoy en día, poner demasiadas expectativas en el comportamiento de los políticos es de una ingenuidad supina.

Este descontento, el que crece periódicamente por el incumplimiento reiterado de los políticos, es el que nacionalistas o populistas utilizan para llenar las calles y jugar a eso de “quítate tú, para ponerme yo” convirtiéndose rápidamente en los que reiteradamente incumplen. El juego político obliga a la falta. El pacto obliga a la cesión y por lo tanto al incumplimiento. Las expectativas son personales. No existen las expectativas de la Gente o el Pueblo. Tal cosa es un imposible. Por eso necesariamente se llega al desencanto. Por eso en las llamadas democracias maduras el nivel de participación suele ser bajo. Votan los que viven del presupuesto, los fanáticos de alguna idea o partido y algún despistado más. Salvo en situaciones extremas, como la que tenemos delante y donde los electores mayoritariamente ven seriamente peligrar su estatus, el nivel de compromiso con un proceso electoral es bajo. Supongo que esta vez en Cataluña el nivel de participación será excepcionalmente alto.

Las elecciones pasarán y muchos electores, esta vez también, quedarán defraudados. Los cambios sociales deben producirse de abajo arriba. De la sociedad hacia la política. Cuantos menos campos riegue ésta, menos defraudará. Así de sencillo. Mirar al Cielo, esperando el maná, no ha vuelto a funcionar desde el Éxodo. Más bien hay que poner en práctica el ora et labora o, más castizamente, a Dios rogando y con el mazo dando. El político, yo mismo, tiene sus propias expectativas y, por mucho que queramos pensar que es un señor especial que va a mirar por nosotros, es un ser de carne y hueso que no puede traer todos los regalos que les hemos pedido a los Reyes Magos de las Urnas. En este caso los votos no son los padres. Somos nosotros, cada uno de nosotros. Los políticos, en realidad, no existen.

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