La ingeniería social pasará

Publicado en ValenciaOberta.es

Es frecuente en este digital, y también en esta columna, recoger los despropósitos del equipo de Marzá, Conseller de Educación. Frecuente, porque frecuentes son sus tics totalitarios. Marzá, como Grezzi o Fuset, supuran ingeniería social y no son capaces de asumir que buenas personas, no monstruos apocalípticos, tengan pensamientos que difieran siquiera un ápice de su línea monolítica dictatorial.

Si bien las andanadas de Grezzi o Fuset son gravísimas, las de Marzá tienen un componente que las coloca en la cúspide de la malevolencia. Intentar perpetrar sandeces contra votantes más o menos formados y maduros puede llevar a que te manden a tu casa y que el que venga después te enmiende la plana. Con un alto coste económico, como no. Pero ahí se queda. La ingeniería social, sin embargo, cuando se sufre por chavales en periodo de formación toma tintes absolutamente luctuosos. A todos se nos tuerce el gesto un poco más, cuando el cuerpo del delito es un menor. Este es el drama.

Es evidente que la meta que persigue el ínclito Conseller es la que ha perseguido siempre la educación estatalizada, desde su creación prusiana. Convertir a los ciudadanos en piezas afectas al régimen y con poca capacidad crítica. No obstante, la Historia nos demuestra que el ser humano es libre y maravilloso y, si bien puede adocenarse si le facilitan las cosas lo suficiente como para no hacer demasiadas preguntas, siempre quedarán disidentes con el suficiente poder de convocatoria como para tomar la pastilla, salir de Matrix y armar el pollo. Todos los imperios opresores acaban pasando, dejando un rastro de miseria, desde luego, pero pasan.

Además de lo dicho existe otro problema, junto con el de la disidencia, que siempre existirá, porque siempre existe quien piensa distinto, para la ingeniería social que se plantea hoy desde tantos estamentos oficiales, desde todos diría yo. Ese problema es que la ingeniería social muere de éxito más tarde o más temprano. Convertir a los ciudadanos en peones dentro de un tablero, acaba por convertir el tablero en un erial. En miseria y en hambre. El Orden Estatal oprimiendo la Libertad Individual solo tiene un resultado: el hambre. Y cuando uno tiene hambre fácilmente puede cambiar de mesías y pasar a cuchillo al anterior. Los Trump, los Brexit y otros ahí están.

Por otro lado, las cruzadas que se plantean son de los más peregrinas. Tratar de luchar contra un idioma que hablan 550 millones de personas – según el Instituto Cervantes – no parece razonable por proteger a otro del que 40 años de dictadura no dieron cuenta. Tratar de normativizar a golpe de decreto no tiene ningún sentido, porque al final, esos peones acaban hablando como les viene en gana y dicen “iros” en lugar de “idos” o “íos” y cada vez incorporan más palabras extranjeras – hoy en día provenientes de la tecnología eminentemente americanas – al habla coloquial. Y no porque ningún gurú las use en su blog. Algunas calan y otras se quedan en el limbo. Algunas pasan al acervo. Con el tiempo se tiene un batiburrillo de vocablos con origen diverso. El idioma está vivo. Cualquiera. Tratar de encorsetarlo no solo es imposible, si no que denota una estrechez de miras supina.

Estén tranquilos pues, porque se les acabará el presupuesto para la imposición. Tranquilos porque no se pueden poner puertas al mar. Pero no dejen de abrir vías en el muro. La Libertad pertenece a cada uno de nosotros y es nuestro derecho, y hoy en día una obligación, ejercerla.

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