No hay agallas

Según parece la construcción y almacenamiento de los recuerdos es un proceso creativo, en el que conforme van pasando los años, nuestra mente idealiza y construye la memoria propia de acuerdo a criterios variados. Reconstruimos los recuerdos agradables o traumáticos de forma que nos sean más útiles y la veracidad no tiene por qué ser uno de esos criterios de utilidad. A veces es incómoda.

Hago esta breve introducción porque siempre me queda la duda cuando leo artículos que hablan de esos maravillosos tiempos pasados, de cuanto de verdad objetiva hay en ellos y cuanto de construcción creativa de nuestro cerebro. No hablo de que la guerra la cuentan los ganadores. Hablo de que El Animal Más Bello del Mundo se llamaba Ava Gadner, por ejemplo. Hablo de esas mujeres de rompe y rasga. De esos tipos duros de palillo en los dientes. Enjutos, oscuros y realmente peligrosos. Hablo de Chicago años 30. De la Ley Seca. Del sheriff de Nottingham o del Cardenal Richelieu. Y de tantos y tantos personajes, reales o no, que han poblado la Historia y que viven en el imaginario colectivo, enredados en relatos de buenos y malos, donde se hace difícil separar la realidad de la ficción sin tener que navegar por libros contrastados, dejando atrás la puñetera Wikipedia.

Es de suponer que con el pasar de los años mis recuerdos se van construyendo conforme describo. Idealizando a los buenos y a los malos. Pintando los paisajes más verdes y las noches de rocanrol más alcohólicas y estridentes de lo que fueron en realidad. Lo bien cierto es que si comparamos muchos aspectos de los días que vivimos con los relatos de la posguerra patria o la Guerra Civil, con relatos de las masacres estalinistas o nazis, episodios de la Historia que no están demasiado lejanos, podremos convenir en que mientras que hoy en día vivimos en un universo dulcificado, los héroes y villanos reales de aquellos tiempos se parecían bastante más a los de las películas de Clint Eastwood o Steve McQueen, incluso a las del inefable John McClane gritando Yippy Kay Jey, motherfucker, mientras la lía parda, en un universo mucho más del siglo XXI. Parece que el universo de Tarantino, a lo Kill Bill o Pulp Fiction, habla de gente que hoy no pueda existir, aunque sí pudo ser en el pasado.

Cuando veo las protestas contra Trump, los eslóganes LGTBI progres – a fecha de hoy aún hay que recordar que la condición sexual de cada cual no es patrimonio de ninguna ideología, vaya – y sus discusiones sobre el lenguaje inclusivo, el feminismo nazi y tantos y tantos ejemplo de la estupidez del buenismo y lo políticamente correcto pienso en lo que habrá que trabajarse los guiones para plasmar en una película todo esto. El trabajo de creación de personajes, para que tengan una profundidad, algo de vida interior, del narrador de las historias que se suceden en nuestros días. Como trabajará, en definitiva mi cerebro, o el de cualquiera, para tratar de crear unos buenos y malos como los de antes. Unas heroínas que conjuguen belleza con inteligencia, el movimiento de caderas con las más sutiles artimañas, a lo Milady de Winter.

Porque ya me dirán ustedes que se puede sacar de una infanta que no sabía nada de lo que hacía su marido. De una, que fue ministra y que llevaba un ministerio pero que tampoco se enteraba de lo que pasaba en casa. Mujeres apocadas, timoratas. No pueden llegar a malvadas. No serán nunca la bruja del cuento. Cuéntenme, por favor, que hacemos con un tipo que quiere liberar un Estado, un país, una nación, nada menos, como Cataluña, del yugo opresor de los españoles y echa balones fuera cuando se planta ante el juez. Señoría, señoría, que yo no lo sabía. Patético. Ni mencionar a unos polis franceses que sodomizan a un chaval, para luego decir que fue sin querer.

Cuando los hombres eran hombres y los impuestos eran un robo, las señoras se plantaban delante de quien hiciera falta y decían que por sus hijos y su familia se robaba si hace falta. Cuando las cosas se hacían como deben de hacerse, un tipo que luchaba por la Libertad de su pueblo sabía que se estaba jugando el pellejo. Y sabía que lo podían abrir en canal en plaza pública. Lo que no hacía era decir que yo no tenía ni idea, que el Tribunal Supremo no me avisó de que soy un mal chico. Había agallas.

Hoy todo es plastilina y gominolas. Todo es muy Candy Crush. Menos mal que ahí están los terroristas y los populistas de todos los colores, para recordarnos que por muy bonito que nos lo pinten todo y muy hermoso que lo haga el gobierno, hacen falta algo más que unos gobernantes inanes para salir adelante. Los héroes de antes somos nosotros ahora. Nos estamos jugando el pellejo.

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