Modelo responsables de financiación autonómica

Publicado en ValenciaOberta.es

Despejado el camino para un nuevo gobierno central, quien sabe por cuánto tiempo, las bicocas más provechosas para nuestros expoliadores de cabecera tocan a reparto. No queda nada claro cómo acabará el asunto presupuestario. Los apoyos de investidura deben renovarse para cerrar las cuentas y todos querrán meter el cazo en el caldero.

Un asunto de permanente actualidad entre procesos electorales es al financiación autonómica. Los barones y las duquesas – una Susana aristócrata acaso tuviera ese título – sacan el cucharón prestos a dilucidar qué hay de lo mío. Llenándose la boca con las palabras infrafinanciación y solidaridad. Términos absolutamente carentes ya de ningún contenido real, malgastados en la boca falaz de la clase política. La excusa aquí ha sido que nos dan poco, y la excusa será, otra vez, que el PP nos dará mucho menos de lo que nos merecemos. Para aventurar esto no hay que ser un lince. Financiar las delegaciones regionales del Estado – ¿por qué debemos financiarlo? ¿No es suficiente con pagar sus “servicios”? – no es más que un juego de trileros.

La timba y el engaño están bien montados. Valiéndose de la mencionada solidaridad, unos y otros muerden el pezón presupuestario, sacando leche y calostros, y al que Montoro o el que venga – vendrá Montoro – se afana en muñir extrayendo de dónde solo nuestros políticos saben extraer. Nuestras cuentas corrientes. Nuestros ahorros. El Estado y sus secuaces se valen de bonitas palabras para articular los más peligrosos y contraproducentes aparatos de extorsión y amiguismo. La financiación autonómica es uno más de ellos. Una forma de pagar estómagos agradecidos. Y de saldar cuentas con enemigos. Les importa muy poco la repercusión sobre el pagano.

Bajo estas perspectivas, hay que desterrar el verbo e ir a la realidad. Cuarenta años de solidaridad mal entendida solo han conseguido hundir más si cabe a Andalucía y Extremadura. Violentar a comunidades tradicionalmente pagadoras, como la nuestra. Repartir miseria y odio. Y no dejar a nadie contento. Se impone un cambio de paradigma. No podemos basar el reparto de la tarta en algo que no gusta a nadie y, al que place, lo envilece. Droga mala. Se precisa algo distinto. Un modelo de responsabilidad.

Las personas, libres, son responsables. Los gobiernos de las personas deberían serlo por tanto y de la misma manera. Si un gobierno, al nivel que fuere, ha de gastar, ese mismo gobierno debiera ocuparse de ingresar. Así de sencillo. Y repito: a cualquier nivel de gobierno. En cualquier estamento del Estado. Los contribuyentes deben saber en qué se emplea su dinero, y una buena manera de saberlo es pagar a cada responsable por los servicios que presta, de forma que si no está contento con uno de ellos pueda solicitarlo al lado. Divide y vencerás. Atomiza la administración. Para recaudar o para financiarla. Las autonomías no debieran tener que acudir al gobierno central para financiarse. El Estado nunca es solidario. Y sus gobiernos tampoco. Les contarán un montón de cuentos preciosos, donde los ricos ayudan a los pobres y cosas así. La realidad es que el cuento va de amiguetes colocando a amiguitos y pagando favorcitos.

Parafraseando a Walter Williams, lo justo es que cada territorio se quede con lo que recauda y si mi territorio tiene que darle algo al suyo dígame cuánto pero, sobre todo, dígame por qué.

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