No al idioma oficial. No a los nombres oficiales

Publicado en ValenciaOberta.es

Qué manía tienen algunos con meterse en camisas de once varas. A mí que me perdonen, pero no acabo de ver la utilidad de ponerle un nombre oficial a las cosas. Ciudades incluidas. Y protesto por ello. Que una ciudad se llame Valencia, València o Valéncia y que haya de ser sancionado con bombo y boato me parece una de las cosas más tontas en las que puede perder el tiempo un consistorio municipal, un Consell y los tribunales de justicia. Gasto inútil, como casi siempre. Pérdidas de tiempo.

Las cosas se llaman como se llaman porque alguien les pone nombre, también los lugares. Así Barna puede ser Barcelona, por muy poca oficialidad que tenga. Los barrios estaban ahí y todos sabían dónde, mucho antes del Plan General. Que luego vendrá quien haya de venir y dirá que amigovio es una palabra del español. Esta es la gracia de la RAE, que limpia, pule y da esplendor y de paso certifica estas cosas. Por aquí también tenemos cosas parecidas. A la RAE. Y varias.

La Administración, y sobre todo la Administración Municipal, deben siempre entenderse como punto de encuentro de los ciudadanos. Como catalizador y facilitador. Jamás como lastre. No se pueden imaginar lo complicado que es disponer de un local municipal para actividades no lucrativas en esta ciudad, Valencia. La burocracia. Botón de muestra. Y es por tanto desde esta perspectiva desde la que hay que eliminar cuantas más oficialidades mejor. Países como Chile, Argentina o Estados Unidos no tienen lengua oficial. Obviamente, se usa de forma cotidiana por la Administración el idioma mayoritario en el país, pero dejan a otras instituciones la gestión del acervo lingüístico. Instituciones que por otro lado debieran ser totalmente independientes y autogestionadas.

El afán de oficializar, el idioma o las comuniones civiles, nace de la voluntad de los gobiernos estatistas, tanto me da si son de diestra como de siniestra, de inmiscuirse en todos aquellos aspectos que pudieran derivar en pérdida del statu quo actual, donde su poder es creciente y prácticamente omnímodo. Todo aquello que los ciudadanos puedan decidir por sí mismos es sujeto de concreción oficial. Se empieza por poner nombre a la ciudad, luego a las calles y así con todo aquello que no es del gusto del gobernante de turno. Luego vienen las prohibiciones de símbolos, colores, banderas o cualesquiera otras cuestiones que hacen torcer el gesto al poder. Todo dentro del cotarrito.

Ya sé que a muchos les parecerá exagerado todo esto que cuento. Que viene bien tener un vehículo de comunicación común y todo eso. De hecho yo lo utilizo para contarles mis cosas. Pero la realidad es que transigimos en centenares de pequeñas cosas, y cuando queremos levantar la cabeza, hemos perdido la mitad de nuestro sueldo, de nuestra vida, casi, pagada en impuestos.

Hoy regulamos algo que carece de importancia y como carece de importancia nadie protesta por ello. Pues yo protesto. Si carece de importancia hay que eliminar la regulación. Y dejar que las personas libres decidan cada una según su criterio. Así que para cada nimiedad en la que quieran inmiscuirse me encontraran enfrente. Diciendo que ya regulan demasiado. Que los idiomas, los festejos, los matrimonios o los ritos de paso, multitud de símbolos o incluso los nombres de millones de lugares son asuntos de la Sociedad Civil. Y que fuera las sucias manos del gobierno de los asuntos que nunca debieron concernirles.

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