La resolución de todos los problemas

Publicado en HeraldPost.es

Maravillas de las redes sociales, no hace muchos días me encontrada con un tuit del Partido Popular, en el que se citaba a Pablo Casado repitiendo uno de esos lugares comunes con los que los políticos salpican días de campaña y precampaña. Incluso de diario y otras fiestas de guardar. El joven decía algo así como que “la gente quiere políticos que resuelvan sus problemas”, no sé si llegó a pensar que había hallado la piedra filosofal del quehacer político, pero estoy seguro que se quedó más ancho que largo. Y lo dijo seguro como algo positivo.

Permitan que le afee primero la soberbia. Hablar por boca de La Gente ™ es de un subidito que alucina. No sé qué puede pasar entre las cejas de nadie para pensar que pueda alcanzar a saber lo que desean 40 millones de españoles. Piensen ustedes en el camarero que quiere llevar de memoria la nota de cafés de una mesa de cuarenta comensales, en España. Ja. Son dos actos de bravuconería solo al alcance de mentes opacas. Para empezar, querido Pablo, yo no quiero políticos que resuelvan mis problemas. Quiero políticos que no creen problemas. Y por mucho que se pongan como se pongan los que suelen ponerse, yo también formo parte de esa gente. Soy un ciudadano al que le roban sus impuestos. Algo tendré que decir.

Seguidamente tengo que convenir que probablemente existan personas que deseen exactamente eso. Políticos que les resuelvan sus problemas. Hay que, habría que o tendrían que, lo tengo yo oído en todos los bares de mi barrio. Y en el súper. Lo que me parece de aurora boreal es que primero algunos piensen que es algo positivo y a renglón seguido tomen el testigo de solucionar la vida a todo bicho viviente. Si no fuera por el sueldo y el coche oficial, no habría por dónde cogerlo.

Se trata pues de la justificación de su injustificable existencia. Un político decente debería luchar todos los días por ser absolutamente innecesario. Por vivir en un país donde las personas no necesitan de subsidios ni ayudas para salir adelante porque las estructuras sociales son absolutamente autónomas y el engranaje de la sociedad civil avanza bien engrasado. Apelar a la solidaridad sin exigirla dando ejemplo si se quiere. Esta es la perversión del sistema. Se necesitan problemas para justificar que ahí están.

Nunca jamás en la Historia de la humanidad hubo menos gente viviendo en la pobreza. Usen el estándar que quieran. Eso es una mala noticia para el gobierno. La tecnología, la revolución en la que nos hallamos inmersos, provee de comodidades y lujos antes impensables. ¿Se imaginan la cara de mis sobrinos de 9 y 2 meses si algún día les dicen que tienen que enviar un documento por fax o un impreso por triplicado? Cada vez menos intermediarios. Nuevos inventos. Y también nuevas profesiones. Todo son malas noticias para justificar la existencia del Estado, de los gobiernos y de multitud de estructuras del siglo XIX.

En frente de Pablo está Pablo, que además hace hincapié en negar lo que acabo de mencionar. Cuanto más es el ansia de copar el poder y vivir de él, más se precisa negar que las cosas puede que no sean de color de rosa, pero tampoco son negras. El totalitarismo es siempre en blanco y negro. Enemigo de los grises y del color. La gente se muere. El sufrimiento existe. Es un hecho. Nadie nos quedaremos aquí. El dolor y la depresión son tan humanos como la calvicie. Hay que vivir con ello. Esto jamás podrá ser la arcadia feliz que nos quieren vender, indolora, inodora y por supuesto insipidísima. Hay un puntito de chiste macabro en la condición humana. Pero ya está.

A partir de aquí puede que haya – los hay – insensatos que quieran que políticos que les solucionen los problemas. Lo que no puede haber son políticos que solucionen los problemas de la gente. Puede haber políticos que planteen las condiciones para que la mayoría de la gente solucione sus propios problemas. Políticos que permitan que otra gente ayude a solucionar los problemas de aquellos que no pueden. Pero un político, que no genera recursos si no que los obtiene de sus ciudadanos, solo puede ocuparse de mover dichos recursos de un ciudadano a otro, por lo que cuando resuelve el problema de Pepe, probablemente se lo haya creado a Juan. Y si el político sabe esto, y la mayoría lo saben, además de pecar de soberbia al querer interpretar, cual bola de cristal, los deseos de todos los ciudadanos, se convierte en un mentiroso vendedor de humo por no increpar al ciudadano que pide sus problemas resueltos algo así como “mírese, un tío hecho y derecho,  ¿le parece bonito venir a pedirme esas cosas?”

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