Grandes proyectos, grandes fiascos

Publicado en ValenciaOberta.es

La Ciudad de la Luz abría sus puertas allá por el 2.005. En 2.011 entró en Concurso de Acreedores, y esta semana hemos sabido que la única oferta presentada para quitarnos de encima el muerto no parece siquiera que llegue al mínimo de 47 millones que manda el pliego, y muy lejos de los 500 despilfarrados. Veremos en qué queda la cosa.

Por la Ciudad de las Artes y las Ciencias llegamos a rascarnos el bolsillo cuatro veces más de lo que inicialmente tocaba. AL margen de como ande su gestión hoy en día, seguro que las goteras aquí allá y la pérdida de eventos, como el abierto de tenis, que era un Masters500, seguro que no ayudan a aliviar nuestras libretas de ahorro.

Dos perlas dejo de nuestros antiguos mandamases por una de los actuales: la inversión millonaria que se preveía cerca del mar, en forma de casinos y centros de ocio, convertida en agua de borrajas. A lo largo y ancho de la geografía del planeta pueden encontrar fiascos similares.

Lo que subyace de cada proyecto fallido, sin embargo, se deja deliberadamente de lado. Lo dejan al margen la prensa en general y la oposición política del momento, más preocupada por acceder a los puestos de quienes critican que por solucionar realmente la causa del efecto.

Cualquier proyecto, de la índole que sea, ir a hacer la compra o levantar una autopista, debe basarse en criterios de eficiencia. Dispones de una cantidad de recursos para conseguir tu objetivo. Los recursos, el tiempo y el dinero, son limitados. Debes manejarlos convenientemente para poder alcanzar tu objetivo, ya sea llenar el carro con lo que necesites para terminar el mes, o ejecutar los kilómetros proyectados de la carretera, con las características técnicas requeridas. Y en el plazo. Las decisiones tomadas bajo esta premisa, recursos limitados para obtener un fin, requieren decisiones antes y durante el proceso. Hacer una lista de la compra o buscar las mejores ofertas, podrían ser parte de un proceso de compra eficiente.

Nuestros gobiernos, por el contrario, no trabajan con nuestro sistema de búsqueda de la eficiencia. Ellos disponen de unos recursos, que creen ilimitados, porque los obtienen del expolio fiscal. Que no hayamos sido capaces de cuadrar un presupuesto estatal desde quién sabe cuándo demuestra que se equivocan. Pero lo creen, firmemente. Su modus operandi no es otro que el gasto a espuertas, dilapidando cada recurso, que como tal es escaso, por mucho que se empeñen, y terminan por acabar con todo. Y llegan las Ciudades de la Luz o de las Artes, los palacios de la cultura y los polideportivos contiguos en poblaciones colindantes. Después vienen los mantenimientos, si es que los hacen, y sigue el gasto, para que en muchos casos, cuatro o cinco parroquianos disfruten del dispendio a precio desleal, por cierto. Habrá excepciones. Pero excepciones son.

El Gobierno y los Proyectos son malos compañeros de viaje. Operan bajo distintas ópticas. Con distintos objetivos. Y no pueden entenderse. Generalmente acaban mal. Malos finales para proyectos mal paridos. Ha sido, es y será. Estamos rodeados de ejemplos.

P.D.: No he podido resistirme a mencionar las carreteras como ejemplo. Ya saben, por aquello de… si no las hace el gobierno, ¿quién hará las carreteras? Existen carreteras privadas, como en Suecia, que son 2/3 del total. Las carreteras las hacen personas que necesitan carreteras con personas que saben hacerlas. Cuando algo se necesita, se hace. Así funciona también la investigación en muchos casos. Y ahí tampoco hace falta que meta la mano Puig.

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