Mejor tarde que nunca

Publicadeo en ValenciaOberta.es

Lo peor de lo ocurrido en Bruselas – o en París, Madrid, Londres y Nueva York – es que llegamos tarde. Muy tarde. El intervencionismo internacional aplicado por países y naciones desde hace demasiados siglos, como todos los demás intervencionismos, quedó obsoleto y es contraproducente. Forjar dudosas alianzas, encumbrar caciques, pagar al enemigo de mi supuesto enemigo, tiene consecuencias. Alíñenlo con un poco de fanatismo religioso. Servir a la hora de comer para que se nos revuelva el estómago.

El mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años. El segundo mejor momento es hoy. Por árbol entiendan terrorismo islamista. Por plantar, justo lo contrario, segar de raíz. Se llora a los muertos, se restañen las heridas y se sigue adelante, pero sabiendo la senda que transitamos. Porque llorar a los muertos poco tiene que ver con llenar las redes sociales de crespones, banderas y velitas. Con flores y trending topics no se gana una guerra. He dicho guerra. Seamos serios. Me los imagino con su chilaba, carcajeándose de todo Occidente, pensando que somos bastante gilipollas. Y no les faltará razón.

Para ganar una guerra primero habrá que llamar a las cosas por su nombre. Identificar el problema. Y una religión fanática, que propone violencia, es parte del problema. Esto tiene que ver con el Islam.

Por otro lado, las guerras, máxime contra grupos terroristas del estilo de los que tenemos en frente, son sustancialmente distintas de las que se libraban hace años. Los grupos terroristas, como pueda ser Daesh, están deslocalizados, nos crecen sujetos a un territorio exacto y sus sanguinarios funcionarios ejecutores han nacido en muchos casos en cualquier otro lugar, donde tienen todos los derechos que un Estado anclado en la tierra, crédulo y que se siente seguro dentro de sus fronteras otorga a sus ciudadanos de pleno derecho.

Así las cosas, es menester plantear lo que se plantee teniendo en cuenta todos estos factores. Si las intervenciones multitudinarias, por muy aprobadas por la ONU que estén, no han creado otra cosa que descontento en los países donde se llevaron a cabo, cosechando más problemas que soluciones, será cuestión de abandonarlas, y quizá plantear intervenciones quirúrgicas de precisión, contra tal o cual líder, si la ocasión lo permite.

Si existe una raíz religiosa, habrá que ser cuidadoso con la religión. Prohibir no sirve de nada. El que va a saltarse las reglas, se mofa de las prohibiciones. La libertad individual de cada uno ampara la libertad de culto. Pero la legislación y la aplicación de la misma no pueden atender a cuestiones religiosas antes que a la libertad individual de las personas. Si una ley religiosa vulnera los derechos individuales de homosexuales o mujeres, la justicia debe actuar. Y debe hacerlo con diligencia. La libre circulación de personas así lo exige.

La integración en una sociedad que nos es ajena siempre será complicada. Pero el subsidio y la discriminación, por muy positiva que la creamos, acentúan el gueto, marcan fronteras sociales y son contrarios a integrar nada. Ser extranjero nunca debe ser un atenuante. No serlo tampoco puede ser agravante. Prosperar en igualdad de condiciones exige que las condiciones sean las mismas para locales y foráneos. El beneficio de unos u otros es el germen del odio racista del perjudicado.

Si hay un componente de deslocalización en el ataque, debe haber un componente de deslocalización en la defensa. El debate sobre el derecho a portar armas y a defenderse de los indeseables debe abrirse de una vez. Empecemos a pensar en suizo, también en este aspecto. Si los sistemas tradicionales de defensa estatal se muestran incapaces de dar total cobertura de seguridad, quizá debamos ser nosotros mismos los que tengamos que hacernos cargo de nosotros mismos. Que dicho así parece lo lógico.

Occidente ha avanzado por los vericuetos de la historia y ha llegado hasta donde estamos hoy, una sociedad con un cierto nivel de Libertad. Hay que dejar que todos recorran el mismo camino sin imponer ideas o costumbres, sin entrometerse pero sin renunciar a los logros que se han alcanzado. Las personas aprendemos por imitación, y los conjuntos de personas, las sociedades, también. Cuando el comercio ha florecido, las guerras se han marchitado. Es mejor exportar iPhones y usar Google que intervenir militarmente. Eliminar el IVA y la cuota de autónomos serían mucho más efectivos para integrar emigrantes o refugiados que todas las paguitas del mundo.

Así que los Gobiernos occidentales podrían dejar de jugar al Risk con personas de verdad y misiles Tomahawk. Y a todo esto, para montarse guerras hace falta dinero. Tampoco estaría de más que terminaran la partida de Monopoly. Estos tableros están llenos de jugadores asesinos. Jamás debieron sentarse en la partida. Que se levanten de la mesa. Ahora. Más vale tarde, que nunca.

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