Los mercados y la democracia

Se ha convertido en una frase recurrente en mi repertorio aquella de que la economía habla de las relaciones entre las personas, no de dinero. Es algo en lo que caí en la cuenta, hace algunos años cuando, después de leer Freakonomics, el entretenido libro de S.J. Levitt y S.D. Dubner. Tras leerlo y meditarlo, se puede concluir que la realidad es muy tozuda. Que puede venir pintada de colores, a todos lados. Peinarse. Puede ser un arcoiris. O ponerse un vestido azul. Pero aunque se vista de seda, realidad se queda. Ayn Rand parece acertar en que existen hechos reales objetivos. Pero cada uno te cuenta la historia según su prisma.

La economía habla de relaciones. De correlaciones. De modelos que explican las interacciones entre individuos, grupos de ellos, empresas o estados. Y por cierto, funciona bastante bien para explicar el pasado, como demuestran Levitt y Dubner, pero muy mal para predecir el futuro.

Hay quien prefiere ignorar estas evidencias. Quien habla de la economía solamente en flujos de caja. Y otras cosas por el estilo. Muchos avezados economistas de barra de bar, que en otro momento son seleccionadores nacionales de cualquier disciplina y también tienen tiempo para arreglar la educación o el paro en un plis plas, imaginan a tíos Gilitos, a señores Burns, con o sin gafas, contando billetes en un oscuro sótano, con una risita chillona y tenaz tintineando con cada fajo del que quitan la vitola. Hablan de los mercados, esos que atacan y de mil tonterías más. De barra de bar y de título en la pared, ojo.

Mire, no. Si los billetes tuvieran algún valor real, por el mero hecho de imprimirlos los de Zimbabwe serían la bomba. Y no valen nada. Los tíos ricos, los muy ricos, poseen participaciones en empresas, esos entes canallescos donde sí se crea la riqueza. Los ricos, esos que tanto molestan a algunos, son los que tienen capacidad de producir. Mucha capacidad. Los otros, los que tienen unos ahorrillos, dejan que los bancos inviertan, y acaba la inversión al final en alguna empresa o en deuda estatal, de esa que usan los gobiernos para acabar con la pobreza y ser solidarios. Fin del sarcasmo.

Empresas que producen. Google. Apple. El carnicero de la esquina. El fabricante de alambres. Esa es la riqueza. Y ese malvado empresario, para poder acapararla ha de satisfacer necesariamente al cliente, o se correrá la voz de que el peso está mal calibrado y se irán al súper de la esquina a por cuarto y mitad de choped. Si en Google no estuviera lo que necesitamos con celeridad y acierto, seguiríamos con Altavista. Y así ejemplo tras ejemplo. Cualquier ciudadano, con sus pequeñas decisiones diarias, elige ganadores y perdedores. Multipliquen la potencia de este razonamiento por 7 mil millones de potenciales electores, votantes. Votantes que eligen ganadores y perdedores en tiempo real. A cada instante. Eso sí es democracia. Esos son los mercados. Y son en todo el mundo.

Quedarán los que votan otras cosas. Los que deciden con su voto que la vivienda es un derecho inalienable de todo ser humano y que hay que regalarlas. O que las deudas no se pagan. O que ahora vamos a poner paneles solares. O que mejor los quitamos. Esa es la cagada de nuestros Estados Fallidos. El mundo ya es uno. Global. Con millones de votantes a cada segundo decidiendo cosas. Democráticamente. Con sus compras y sus quejas al soporte técnico. Contándoles a sus amigotes del bar lo coñazo que son los de Vodafone (o Movistar, no se me enfaden) antes de arreglar lo de la educación. En un plis plas. El mundo vota democráticamente a todas horas y le importa un carajo el decreto ley.

Hay una realidad democrática al margen de las mentiras de los estados. Y sí, son los mercados. Que son la democracia real en tiempo real. La que convive con la realidad. La que no necesita distorsionarla.

Luego uno puede creer lo que se le antoje. Que si hacemos una ley que prohíba la gente no hará. Que si decretamos que todos sean felices lo serán. Puede comprar el humo que guste. Pero no impedirá que la realidad, tozuda ella, se siga abriendo camino. Échele la culpa a los mercados. Porque en realidad la tienen.

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