Sentarse a la mesa

Mucho se habla y escribe sobre las causas que nos conducen a los acontecimientos que vivimos en el día a día. Resulta evidente que para poder comprender el presente hay que estudiar con esmero y diligencia el camino que nos ha traído hasta él. Solo así podremos, además de explicarnos por qué el sol ha salido por levante, aventurar hacia donde lleva el camino que ilumina. Vivimos tiempos interesantes, de esos que los orientales gustan, pero que empalagan al más estoico, repletos de información y sucesos reales o falseados, deformados y tergiversados, pero acaecidos de algún modo y que formarán parte del estudio de nuestros hijos y nietos, y sus hijos y nietos, si llegan a plantearse los vientos que sembraron las tempestades que les acechan.

Sin embargo, y puesto que tantas cabezas mejores que la mía han explicado y explican la sinuosa senda que nos dibujó el mapa político español tras el San Valentín catalán de este año y, siendo como son esas explicaciones, quizá asépticas, tal vez repletas de vísceras y testosterona, pero conocidas por los lectores avezados que se asoman a disidentia.com, las daremos por estudiadas y pasaremos a la siguiente lección. ¿Y ahora qué?

Los adultos se sientan a la mesa, se sirven una comida y discuten a los postres. Si tras la copa y el puro siguen sin acuerdo, se levantan, se asean y siguen hablando

No les aburriré con pactos que vienen cocinados desde lejos. Eso también formará parte de las elipsis. Pueden encontrarlos en cualquier otro medio al uso. Lo que me preocupa, porque parece no ocupar a nadie, es determinar qué opciones posibles les quedan a unos y a otros, nacionalistas centrípetos o centrífugos, mientras comparten calles, pueblos y territorio con los cuatro gatos con los que no va la fiesta, para solucionar el asunto –o pongan aquí la cursilada que quieran– catalán.

Mientras la sociedad está cada vez más divida, los representantes electos estiran de la soga hacia su polo. La incomparecencia de los de siempre, por inacción o tacticismo y esta vez también por el maldito virus, deja el campo abonado a los actores más vehementes y sus esforzados tirones parece que estrechen milímetro a milímetro la soga, mientras la tensión que corta el ambiente amenaza con seccionar los ya maltrechos lazos que apenas unen a la población. La democracia, puñetera ella, arroja su veredicto, como el inquieto delantero que anota tres tantos en terreno contrario y sale del terreno de juego pensando “ahí queda eso”. Las urnas en España, y Cataluña para eso es tan española como el que más, tienen la mala costumbre de no acertar casi nunca con la tecla que necesitan los contribuyentes en cada momento.

¿Nos tiramos los trastos a la cabeza de una vez y mandamos los tanques a la Diagonal o nos sentamos a la mesa, aunque se nos agrie el postre? ¿Declaramos la independencia y que salga el sol por Palamós o compartimos un güisqui barato, a ver si con la mente nublándose llegamos de alguna manera a la exaltación de la amistad? Y ya vendrá la resaca y los insultos al clero. Las guerras frías no tienen por qué se la antesala de las cruentas, pero con las fracturas abiertas, la mente cerrada y el corazón en carne viva se puede llegar a las manos en no más de un par de comparecencias. Pese a quien pese y vistan del color que vistan, solo cabe compartir mesa de reuniones, dejar la canana en la puerta del saloon y jugar la partida de póquer. La otra opción, la de los duelos al amanecer, solo eterniza el problema y causa más llanto que risa.

Los protagonistas de esta ópera bufa que se llama España van a su interés, como no puede ser de otra manera. La fiesta de la democracia es la del reparto de despachos y coches oficiales y no otra. Prestos están para fusilarnos a base de leyes inútiles y costosísimas, pero cuando se trata de resolver un problema del que son en gran medida responsables – seguro que me perdonarán que me haya saltado aquí una de las prometidas elipsis– parece que las impresoras se quedan sin tinta y no hay forma de escribir una sola línea de BOE que modifique, de algún modo, lo preexistente para dar cabida a algún ingenio que pudiera servir de algo. La legislación existe para servir a los ciudadanos y no al revés. Las estructuras del Estado y la Constitución Española, con las leyes que de ella supuestamente emanan, han de estar supeditadas siempre y en todo momento al servicio al ciudadano y cuando no sirven, se cambian. Así se entiende el poder legislativo, como el que debiera adaptar las leyes a los ciudadanos, jamás al revés, repito.

Los demócratas se olvidan de lo que significa la democracia en cuanto les ponen secretaria con cargo a los presupuestos. A buen seguro que nunca creyeron en ella… me refiero a la democracia, claro está. Al menos yo tengo la decencia de decirlo sin tapujos y ponerlo por escrito. Tengo muchos defectos, como el de citarme como ejemplo, lo cual es de muy mal gusto, pero la hipocresía no es uno de ellos. Hay mucha más democracia en muchos de los que no creemos en ella que en los que la usan para servirse y aprovecharse de sus fallos. Además, como lo que renta electoralmente en estos casos es movilizar al electorado, entendiendo por movilizar, fanatizar e infantilizar, las arengas son encendidas en lugar de moderadoras.

En realidad, importa una higa quien tenga la razón. La razón no da de comer. Repartir culpas tampoco. Ni se come, ni se soluciona nada. Falta, eso sí, dilucidar si realmente queremos (quieren) solucionar el problema. Marear la perdiz con derivas autoritarias solo desemboca en la desgracia. Tarde es para dejar que la cosa se pudra sola, me temo. Ese tren salió de la estación un primero de octubre. Los adultos se sientan a la mesa, se sirven una comida y discuten a los postres. Si tras la copa y el puro siguen sin acuerdo, se levantan, se asean y siguen hablando. Así hasta tener un papel encima de la mesa que ambos puedan firmar. Aunque, descuiden, no olvido que nuestros políticos no son adultos y muchos de nuestros adultos, tampoco.

Foto: Roland Samuel.

Publicado en disidentia.com


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