Lo políticamente correcto

Los grandes ideólogos del control de masas lo tenían claro. Pensamos con palabras ergo quien controla el lenguaje y el significado de cada vocablo, controla, en cierto modo, el pensamiento. Los que tenemos la suerte de hablar varios idiomas nos damos cuenta de que por muy similares que sean dos de ellos encontraremos modismos, perífrasis o locuciones que son ciertamente intraducibles, aunque encontremos un símil que casi se ajusta en el diccionario. Hay palabras con una carga subjetiva tan importante, que solo se entienden en todo su significado dentro de la comunidad que las usa.

Esto era bien conocido por los nazis o los comunistas. Cualquier dictador que se precie desarrolla un léxico favorable a la causa, una narrativa propia en las que cada frase significa lo que conviene al régimen y permite reconocer a los afines y a los disidentes. Tampoco pasa desapercibido al resto de colectivistas, aunque no sean tan extremos. Como cualquier otro aspecto en la vida, el lenguaje se mueve en esa dualidad, es bueno o malo dependiendo del uso que hagamos de él. Podemos usarlo como fuerza integradora o como elemento excluyente. Piensen en el extranjero recién llegado; se le puede animar a la integración ayudándole con las palabras o marginarle con la burla y el desprecio. El lenguaje separa jóvenes de viejos o ricos de pobres y de todos depende tender puentes para acercar distintas idiosincrasias o marcar las distancias.

La pulsión maniquea del gobernante totalitario y del liderzuelo colectivista obliga a marcar la diferencia claramente entre quienes les son favorables y quienes se le oponen y el lenguaje es, sin lugar a dudas, un elemento crucial para llevar a cabo esta tarea. De eso depende, en gran medida, su supervivencia. De ese modo, todo aquello que se le asocia es bueno, hermoso y positivo, mientras que los rivales son tachados de perversas alimañas con aviesas intenciones. Esto sería incluso anecdótico si la pluralidad política fuera real, pero adquiere un cariz profundamente trágico cuando todo el espectro ideológico abraza de forma mayoritaria esa aberración que supone el lenguaje políticamente correcto. Cuando una sociedad bisoña y acrítica asume sin pestañear las expresiones dictadas por el poder, las interioriza, sus conexiones neuronales reaccionan y las fijan, de forma que acabar pensando fuera de la jaula se convierte en un arduo ejercicio que pocos llevan a cabo. Nuestro cerebro, que como decíamos, piensa con palabras, utiliza aquellas que le son más cómodas, más accesibles, más oídas. Terminamos pensando en los términos que ellos quieren. Pensamos como quieren que pensemos.

Llegados a ese punto, no resulta extraño que tantos ciudadanos pidan seguir siendo esclavos mientras haya amos justos, en lugar de reclamar la Libertad. Desde la más tierna infancia, las palabras y las expresiones que han utilizado les hacen pensar que efectivamente son libres cuando no son más que marionetas. La terrible “Cultura de la Cancelación” o los ataques a la Libertad de Expresión se suceden y, puesto que así se nos ha educado, reclamamos más Estado, más colectivismo y menos Libertad, en definitiva, para enfrentarnos a nuestra frustración y nuestro miedo, para que alguien haga callar aquello que nos resulta incómodo oír. Olvidamos que el mundo es muy grande y el mando de la televisión muy útil; no es necesario soportar los desvaríos de ningún imbécil. 

Analizar por tanto el lenguaje que empleamos, despojándolo de toda subjetividad que no sea la nuestra particular, es una tarea complicada pero necesaria. Construir nuestra propia identidad individual, al margen de lo que el colectivismo biempensante diga, requiere de esfuerzo y dedicación, pues no solo hemos de definir nuestro propio idioma dentro del idioma común, hemos de ser capaces de transmitirlo para poder comunicarnos y tender esos puentes que se pretenden volar. Hoy, a derecha e izquierda, todos tratan de adueñarse de las palabras, de dotarlas del significado que conviene a su causa para llevarnos mediante ello a su redil de pensamiento. Estado del Bienestar, Justicia Social o incluso Democracia no significan nada en boca de muchos, de hecho, acaban por significar lo contrario de lo que debieran. Las buenas palabras en manos colectivistas son simplemente parte del hechizo, un sortilegio para mantenernos felices y contentos mientras se aprovechan de nuestra vida y nuestro trabajo.

Publicado en la revista AVANCE de la Fundación Para el Avance de la Libertad, en Abril de 2021

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