Correos y otros obsoletos monopolios estatales

No debe caber ya duda alguna de que es imposible la existencia de un monopolio sin el concurso de la fuerza del Estado. De hecho, las organizaciones estatales no son más que el monopolio de la fuerza en una zona determinada. Sin el apoyo de la fuerza y la coacción, concentradas en unos pocos, íbamos a pagar muy pocos impuestos – pocos contribuyentes y poca cantidad de impuestos, se entiende – o ninguno. Es más, probablemente muchos de los servicios que se ofrecen desde empresas estatales habrían desaparecido ya.

Podemos estar tentados de pensar que enviar una carta cuesta lo que nos cobra la empresa estatal pero no debemos olvidar que las cuentas de Correos están dentro de los Presupuestos Generales del Estado, por lo que los precios de franqueo que se nos ofrecen son totalmente ficticios y en absoluto comparables con los de cualquier empresa de paquetería. Aun así, existiendo una empresa cuyo precio está adulterado a la baja porque ya se encargan los esbirros del poder de cobrarlo por adelantado y de múltiples maneras, florecen alrededor innumerables competidores que acaban por acaparar su parte de cuota de mercado, compitiendo desde el minuto primero en inferioridad de condiciones, al menos en cuanto a precio se refiere. La eliminación de la burocracia y el mejor desempeño de la empresa privada redundan en una mejor calidad del servicio que el usuario acaba por requerir. Donde no llega el Estado, allí llega el mercado.

Correos es un servicio público a la deriva con peor calidad cada día, en la qué poco importa la atención al usuario y que solo se mantiene debido al uso que hace el propio Estado de la misma, utilizando sus funciones como parte de la burocracia oficial, y a las inyecciones de capital de los presupuestos. Existen otros. Seguro que conocen AENA o ADIF y les sonarán tanto como la Agencia EFE o RTVE. Existen unas cuantas empresas participadas en mayor o menor medida por el Estado que desde el momento en que se abre mínimamente el mercado al que pertenecen tardan pocos años en convertirse en una rémora. Correos y Televisión Española son paradigmáticas en este sentido.

Puede pensarse que otras empresas, cuyos servicios son más particulares, como puede ser el caso de las ferroviarias RENFE o ADIF y lo cierto es que la titularidad pública de las redes de ferrocarril les proporciona una gran ventaja, pero los competidores existen y la apertura comienza, por lo que las cosas estarán mucho menos claras en los próximos años.

No tenemos más que fijarnos en el sector privado. Por mucho que exista una gran preeminencia del buscador de internet de Google, otras empresas siguen proponiendo el suyo. En todos los demás campos, el gigante californiano tiene competidores de igual a igual. No hace demasiados años parecía complicado que alguien pudiera al menos hacer sombra a la plataforma de videos de YouTube, aun hoy líder. Hoy se utiliza Twitch para cada vez más transmisiones de los más diversos contenidos. Es evidente que ambos servicios son distintos, pero es en la diferenciación y en la competencia donde se ganan los clientes y donde los usuarios acaban por salir beneficiados.

En el lado opuesto, servicios inútiles que retroalimentan la burocracia. Ni siquiera es imprescindible ya Correos para enviar un burofax. Las audiencias de las televisiones públicas están por lo suelos, siendo imposible que compitan, ya no con las plataformas de televisión a la carta como Netflix o HBO, sino siquiera con las plataformas digitales que tenemos desde hace años y que rápidamente se han puesto al día con eso de dar servicio conforme lo requieren los tiempos. El Estado, necesariamente llega tarde. No existe un solo burócrata creativo y, si existe, no puede desarrollar su creatividad porque no se puede redactar el procedimiento administrativo para algo que aún no se ha creado.

Conviven también en la sanidad y la educación lo público y lo privado. Por mucho que se empeñan en meternos con calzador esa falaz universalidad de sus oxidadas joyas de lo público, adornada además con el más falaz si cabe “todo gratis”, aguantan las empresas privadas y todo aquel que se lo puede permitir acaba por rendirse ante la eficacia del que tiene que mantener a sus clientes – y a los chupópteros de lo público, quiera o no quiera – o si no, no come todos los días. Los propios políticos cada vez que eligen nos dan a entender que prefieren para ellos lo que no recomiendan para el resto, obligándonos a sufragar y sufrir un pésimo servicio.

Por cierto, que todo esto no era más que una introducción, que me sirve de pretexto para escribir lo que realmente quería contarles. Yo quería decirles que soy un tipo tolerante y tranquilo. Suelo estar siempre de bueno humor, sonrío más que grito y me cuesta mucho enfadarme. Pese a lo que pueda parecer por lo que escribo, soy una persona de buen conformar y puedo llegar a perdonar prácticamente todo, incluso ciertos tics del colectivismo, pero lo que se me hace totalmente insufrible es la absoluta destrucción de la Cultura, en mayúsculas, que produce. La convierte en algo zafio, infantil, cutre y banal. A veces cursi. Demasiadas veces.

Yo no sé qué pensarán Sabina o Perales de las dichosas rimas del anuncio que ha hecho Correos, para, supongo, celebrar el 12 de octubre. No esperaba la Canción del Pirata ni el Blowing in the Wind, pero hasta para pagar favores a estómagos agradecidos habría que tener un poco de elegancia. No se equivoquen, esto no es porque me esté haciendo viejo. Ya de joven me indignaban estas cosas. Solo que ahora puedo expresarlas aquí. Cuanto más colectivista es una sociedad, más asco da su música. Se puede ser lo que uno quiera en esta vida, pero convendrán conmigo que la cursilería trasnochada es uno de los pecados capitales de nuestros tiempos. Y como es uno de los pilares fundamentales de la comunicación y la cultura del colectivismo hay también que denunciarla.

Publicado en disidentia.com

Foto: Cojvgpt

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