Revisionismo para la próxima dictadura

Los recuerdos, como bien sabrán ustedes, son creativos, así que no me aventuro a dar una fecha exacta en la que comenzó a chocarme que el lobo de los cuentos o el león de los reportajes de la tele a mediodía fueran animales malvados, cuando mis padres así le hablaban a mi hermana pequeña, bastantes años menor que yo. Ambos animales, igual que tantos otros, bastante complicado lo tienen para alimentarse cada día, como para que encima los sometamos a un juicio moral. Si bueno es colaborar para los hombres, también lo es para los depredadores y, como ellos, no podemos escapar del acto violento definitivo, al comernos una chuleta de buey, por muy buena vida que le hayamos dado a la res.

Los leones y los lobos no tienen otro modo de sobrevivir, así que nada puede achacarse a su comportamiento. Por tanto, los juicios morales, necesariamente, precisan del contexto adecuado. Habrá quien me achaque un seguro relativismo moral, pero lo bien cierto es que una vez sentados los principios en los que se basa – o se debería basar – la acción humana: respeto a la vida, a la propiedad y a la Libertad, son muchas las derivadas y distintas las formas en las que este respeto se ha llevado a lo largo de la Historia en las diversas civilizaciones del planeta. Prácticas comunes de griegos, romanos o egipcios serían escandalosas en nuestros días, pero eso solo debe significar que, pasados los años y toda vez que la ciencia y el conocimiento se incrementan y mejoran, podemos ahora demostrar que aquellas costumbres eran lesivas o perjudiciales mental o físicamente para algún involucrado y, por lo tanto, no caben en una sociedad más avanzada y respetuosa con los principios que hemos enunciado.

Es por esto por lo que pretender cambiar los hechos históricos o peor, eliminarlos del curso de los acontecimientos para que el relato se ajuste a nuestra concepción moral de la realidad en el tiempo y el espacio que ocupamos solo puede entenderse de dos maneras, a cual más peligrosa y dañina. La de quien comprende lo que hemos descrito en el párrafo anterior y entonces solo puede estar motivado por un fin perverso que precisa del engaño y la manipulación y la de quien es solo un peón, inculto y analfabeto, henchido de fanatismo y de soberbia, que cree que acaba de descubrir como mezclar vino y gaseosa. En cualquier caso, mesías con una misión, que pasarán por encima de quien sea para aparecer en los libros. Esos que pretenden reescribir.

No se trata de dirimir cuanto intervino Nerón en la muerte de Claudio y en el incendio de Roma o si lo de Don Pelayo fue una escaramuza magnificada o si realmente marcó un antes y un después en la Reconquista. Los hechos fueron los que fueran, y nunca está de más investigarlos hasta la saciedad, la herencia recibida por cada uno de nosotros de aquellos acontecimientos es la misma y, en realidad, sea lo que fuera que ocurrió en nada cambia lo que estamos viviendo aquí y ahora. Pasara lo que pasara, estamos hoy y aquí y esto es impepinable. No cabe análisis moral. Lo que ahora se pretende es buscar una coartada, encontrar una justificación para quienes solo ambicionan establecer una “nueva sociedad” – que ellos controlarán – y para eso no queda otra que eliminar todo lo que hemos aprendido. Todo lo que no casa con la leyenda fundacional del Nuevo Mundo Feliz, debe ser eliminado, sea libro, estatua o referencia en la Wikipedia.

No hay otra explicación al constante revisionismo al que se nos somete desde los nuevos movimientos totalitarios. Es patente su raíz marxista, colectivista y dictatorial. No son movimientos espontáneos de ciudadanos reclamando sus derechos civiles. A los intereses económicos o políticos que soportan este entramado les importa una higa el racismo, el fascismo o el cambio climático. Si así fuera, encajarían en su relato las realidades que hemos aprendido observando a nuestros antepasados sobre los regímenes asesinos de Hitler o Stalin, sobre el genocida Lenin o sobre las raíces antropológicas, sociales o económicas del esclavismo y como se llegó finalmente a su abolición, a ser posible dejando la épica a un lado.

Sin embargo, para embarcar a una legión de seres de luz, cegados por su propia estulticia en una cruzada contra el mal, es necesario ofrecer cualquier otra cosa antes que hechos desnudos y objetivos. Se precisan épicas epopeyas, paraísos y vírgenes. En tiempos de Homero ya se sabía y sus fantásticos relatos eran prácticamente utilizados como nuestros libros de texto de historia. Los datos fríos no ayudan. Los análisis imparciales alejan al militante de su misión. Hasta los más estúpidos de los defensores de del Black Live Matters o de Greta Thunberg son seres pensantes, así que mejor eliminar cualquier atisbo de discrepancia, por lo que pueda pasar.

Todo debe mirarse bajo un maniqueo prisma moral. Si encaja en la misión colectiva será bueno, si no, es malo y por tanto se convierte en un tumor a extirpar. Los hechos históricos no escapan a esta clasificación. Todo ha de estar conforme a la narrativa, si no se vendrá abajo el castillo de naipes.

Quizá hubo un tiempo en el que los defensores del totalitarismo y las dictaduras realizaran un análisis de la sociedad en la que estaban y llegaran a la conclusión a la vista de unos determinados hechos que la mejor forma de lidiar con lo que tenían delante era a través de un régimen fuerte absoluto e incontestable. A lo largo de la Historia muchos pensadores han defendido esta postura y no es improbable que algunos lo hayan hecho desde la honestidad intelectual. Aquí estamos ante algo muy distinto.

En la sociedad actual, tras milenios de civilización, son patentes y se han demostrado una y otra vez los peligros que cualquier abuso de autoridad conlleva que no son otros que la miseria y la muerte o, en definitiva, la conculcación del respeto a la vida, a la propiedad y a la Libertad, que definíamos como nuestros valores últimos y más humanos. Por lo que si pretenden instaurar un sistema que se lleve por delante estos valores no puede quedar un ápice de conocimiento que ponga de manifiesto la falsedad contraproducente de sus intenciones y, puesto que los libros están plagados de hechos que constatan lo salvaje de sus atrocidades es imprescindible acabar con ellos, así como con todo aquello que pudiera contradecir su dialéctica. No hay unos hechos que pudieran aconsejar un dictador, si no hay quien quiere ser un dictador y por lo tanto necesita adecuar los hechos.

La distopía marxista está tan ampliamente superada por la realidad que solo borrándola podría tener un futuro. Solo sería temporalmente posible sobre una masa de ignorantes, así que hay que eliminar todo lo que nos ha traído hasta aquí, refutando sus mentiras y dando la razón a los que defendemos la Libertad individual.

Publicado en disidentia.com

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